Entre el odio y el miedo


Dice una cita anónima que ” cuando todos los odios han salido a la luz, todas las reconciliaciones son falsas”. Ciertamente, tras el atentado en Barcelona, las opciones para el raciocinio son pocas y, en la mayoría de veces, espesas. Empezamos a acostumbrarnos a la existencia del sufrimiento, la conviencia con el miedo y un creciente odio visceral que nos lleva a radicalizar nuestras diferencias con el prójimo. Simplificar el terrorismo yihadista en conceptos religiosos, me hace recordar a algo tan español como la defensa de la fe y las guerras santas de nuesta historia. En verdad, tras ese paño impoluto de fe, ha existido siempre el fanatismo por la dominación para conseguir un gran imperio y la dominación sobre los estados, siempre y cuando signifiquen un mayor poder político y económico. La utilización del sentimiento religioso siempre ha ido unido a intereses particulares de estados y reinatos. La Iglesia católica tiene su propio estado, y ahora nos escandalizamos de que unos soberbios busquen el propio de ellos. Parece que quieran repetir la historia de la propia humanidad asumiendo lo peor de ella misma. Y entre todo esto, nos encontramos. Unos con el odio inmerso en el discurso y otros con el miedo en los talones, por lo que significa la inseguridad de estos tiempos que nos tocan vivir.
En verdad, ese miedo siempre ha estado presente en nuestra civilización. Forma parte de la relación social. Los miedos aprietan gatillos, empuñan leyes que recortan nuestros derechos y, en el peor de los casos, aprietan el acelerador de una furgoneta para terminar con la vida de sus congéneres. Mientras tanto, pocas soluciones se ofrecen para erradicar este maldito terrorismo que nos desangra. No es solo Barcelona, Londres o París. Todos los días tenemos notícias de esta virulenta acción de estos descerebrados. Olvidamos las guerras que sacuden Oriente con acciones de fuerza contra estos tipos, pero solo miramos de frente cuando nos toca a nuestro lado. Es cuando hacemos grandes despliegues informativos donde el diez por ciento son datos que aportan luz para nuestro conocimiento, cebando el resto con imágenes, testimonios y exposición del dolor, tan justificado, de cualquier manera.
Y mientras tanto, la cultura del odio empieza a conseguir grandes frutos por ambas partes. Nadie puede sentir compasión por unos tipos, por cierto, cada vez más jovenes, que empuñan la bandera de su nueva y arcaica guerra santa. Esa juventud que recuerda al adiestramiento de aquellos que sirvieron a otras guerras y que iban a la batalla con el aliciente de una bonificación económica. Occidente ha vivido de estos miedos hace ya mucho tiempo. Ha justificado la intromisión en gobiernos para su propio beneficio, y en ningún caso ha sido el defensor del futuro en valores democráticos. Ninguna religión puede ser calificada de pacífica cuando antecede con la violencia hacia sus fieles. El castigo y los dogmas provocan el poder para infringir el mismo a los diferentes. Todas las religiones pueden ser calificada de paz cuando viven en el corazón de los individuos como camino en la búsqueda de sus mejores valores. Precisamente esa sería la gran incognita. Si reflexionamos sobre valores y su defensa en esta nuestra maltrecha sociedad.
Pasarán los días, los homenajes, las lágrimas….pero no pasará el odio, ese sentimiento que arraiga cada vez más hacia nuestros diferentes. Tampoco pasará el miedo, que enraíza con lo peor de la falta de libertades para convertirse en toda una arma de poder a favor de la compra de nuestra seguridad. Es tiempo para recordar las palabras de Jose Luis Sampedro cuando hablaba de la trampa del miedo y recordaba que éste es el que nos hace no seguir adelante pagando un alto precio por ello. Será por eso que prefiero los miedos del recordado Garcia Lorca, víctima de otra de las tantas guerras patrias de su momento, cuando cantaba en su dulce queja “Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua y el acento que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento”….. Mejillas y aliento que solo saben de humanidad, de las personas que acechan con la hermosura de sus diferencias. Tal vez el secreto sea que nos quiten tanto que hasta, finalmente, nos quiten el miedo.


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