Bolsillos vacíos


Victorino Pérez Fernández se sienta cada mañana ante el televisor del Bar de Lucía y espera que la dueña, su prima, le sirva un café y cruasán. Suele repasar con desgana algún periódico y atiende a las noticias y tertulias de la caja tonta como quien mira al vacío desde el acantilado de la desesperación. Rara vez se le escucha un comentario que no sea una imprecación.

Esta mañana, nada más escuchar en la pantalla a Luis Linde de Castro, gobernador del Banco de España, el disparate y los deseos salidos de su boca contra él fueron monumentales. Pues el alto funcionario no tuvo empacho para reconocer en el Parlamento que el banco central nacional “no hizo lo suficiente para anticipar y combatir la crisis bancaria”, asumió hasta “cinco grandes errores financieros”, mientras coqueteaba con la presidenta de la mesa de comparecientes al servirle un café, y liquidó el asunto aceptando que el despropósito bancario costará a los españoles más de 60.600 millones de euros.

Esto es, las ganancias de las vacas gordas quedaron en los bolsillos de los banqueros mientras el desastre de su mala gestión se ha socializado. El tópico está bien arraigado en el cerebro de Victorino, quien durante la burbuja levantó una pequeña empresa auxiliar de la construcción, avalada con el pequeño patrimonio familiar. La entidad bancaria, que “amigablemente” le abrió las puertas, forma parte de las caídas en el combate del desastre y gracias a las ayudas públicas ahora flota e, incluso, reparte dividendos entre sus accionistas, uno de ellos el propio Estado.

La sociedad limitada unipersonal de Victorino cayó fulminada por la crisis inmobiliaria, no como consecuencia de su gestión. No encontró ninguna mano tendida para aliviar las cuotas pendientes del ICO, su recurso para operar con liquidez. Quedó endeudado con Hacienda y la Seguridad Social (debe cuotas suyas de autónomo, IRPF de los obreros y el IVA de facturas no cobradas). En los últimos cuatro años ha visto crecer su ruina como consecuencia de la acumulación de intereses y demoras. Le han embargado el piso (su única propiedad, de la que acabará d­esahuciado). No cobrará las “preferentes”, que suscribió por consejo de su amigo el director de la sucursal de la entidad acreedora. No tiene derecho a cobrar el paro. Y no espera que alguien resucite la idea de una “Ley de segunda oportunidad”, prometida en las últimas campañas electorales.

Además, Victorino ha descubierto que el banco rescatado a cero euros de interés le aplica a su deuda intereses del 24 %, a todas luces abusivos, pero no podrá pleitear contra esta usura por no disponer de medios económicos para pagar las tasas judiciales, al procurador y al abogado. Los bolsillos vacíos del emprendedor autónomo han llegado a semejante situación de precariedad y desamparo.

Con cincuenta y seis años, cada mañana Victorino borra un día del calendario sintiéndose inútil e indefenso frente al cinismo del poder económico y el de los políticos que le sirven. Como cada mañana, cuando se marcha, su prima no le cobra el importe del desayuno.


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