Herencia familiar


Abrumado  por las noticias no puedo evitar lamentarme de no haber tenido un abuelo o bisabuelo corrupto, estafador, ministro evasor, estraperlista, negrero o similar. Hoy podría estar viviendo ricamente de las rentas propias de sus herencias. Miro para los retratos conservados de ellos y maldigo sus sonrisas de hombres honestos, trabajadores de buena fe, comerciantes aplicados, labradores de sol a sol, amantes de sus esposas y prole… Y no les insulto por el respeto debido a la estirpe de una buena gente, quienes por dormir tranquilos descansaron cada día agotados por el trabajo, las cabezas calientes, los pies fríos y los bolsillos vacíos. Eso sí, presumiendo de honrados.

Pero lo peor de esta sensación es que mis nietos y biznietos van a pensar lo mismo de mí, cuando se detengan a ver cómo ha sido el tiempo en el que me tocó vivir, rodeado de pillos y corruptos que dejarán a los suyos pingues herencias familiares en los bancos suizos, en los chalet de la Moraleja, en los escarpados Pirineos, en Andorra, en Panamá, en las anchas fincas de Castilla o La Mancha, en los predios andaluces y extremeños, en acciones bancarias, cuyas pérdidas tradicionalmente se socializan mientras las ganancias se ponen a buen recaudo de unos pocos. ¡Qué desgracia, dirán ellos como yo, es pertenecer a una familia honesta!

Bueno, honesta y además fuera del cupo de zorros que han tenido la astucia de transmitir a los suyos -¿genéticamente o por adoctrinamiento?- los dones propios de la hipocresía, del cinismo, la manipulación y la solidaridad de grupo, de una especie de “nobleza” que hace del catecismo bandera y del libro mayor su verdadera religión. Una praxis alabada y envidiada, sobre la que jamás pesan las manchas de penas de cárcel, de destierro o de escapismo por razones punitivas. Se valoran los beneficios, se olvidan las condenas y pasan a ser medallas familiares. ¡Qué hermosa lección para sus descendientes!

Cuando mis nietos estudien la estirpe política y empresarial de Rodrigo Rato –ayer he sabido que entró en política, contra la opinión de Fraga, gracias a la donación de treinta millones de pesetas en B de su familia a Alianza Popular–, cuando conozcan las virtudes catalanistas de la familia Pujol, o las religiosas de los Ruiz Mateos, las plataneras de José Manuel Soria, las masónicas de Mario Conde, las justicieras de Manuel Moix, las casamenteras de José María Aznar, las filosóficas de Eduardo Zaplana, las contables de Bárcenas, los altillos ocultos de Granados, los áticos de Ignacio González… Cuando ellos o ellas estudien todo esto y pierdan el tiempo leyendo mis libros o desempolvando mis artículos, preñados por la buena fe de nuestra familia, no dudo de que, al ver como los herederos de todos estos pillos viven de maravilla, se arrepentirán de ser mis descendientes.

¿Es esto derrotismo? Pues no, quizás sea otra gota con la que poco a poco se va llenando el vaso del escepticismo. Porque esta situación viene de muy viejo y no tengo más remedio que darle la razón a mi padre, un honrado industrial, quien cuando me veía afanado en la vida pública queriendo cambiar la sociedad, solía decirme: “trabajas tanto que no tienes tiempo de ganar dinero”. Que torpe soy, he necesitado más de cuarenta años para darle la razón.

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