Insultan y ofenden


Los refranes que Torrente Ballester llama “fórmulas sintéticas de verdades obvias” son expresiones que sostienen una filosofía de vida y están presentes en el lenguaje coloquial para aplicar a casi todas las situaciones en las que se ve envuelto el ser humano.

Uno de los dichos populares que nos acompaña desde la infancia sentencia que “no ofende quien quiere, sino quien puede” que solemos contrarrestar con aquel otro “a palabras necias, oídos sordos” con el que no otorgamos categoría de ofensor a cualquiera que trata de hurgar en nuestras heridas.

Pero en el ámbito político es difícil no sentirse ofendidos en nuestra condición de ciudadanos gallegos y españoles al escuchar a los políticos catalanes defensores de la independencia. Como ocurrió la semana pasada cuando el presidente Puigdemont se fue a Estados Unidos y, según las crónicas, en una sala pequeña de la Universidad de Harvard defendió el referéndum vinculante para lograr la independencia. Hasta aquí todo normal, está en su derecho.

Pero lo que no es normal es que describa a España como un país atrasado, poco respetuoso y coercitivo “que ahoga las aspiraciones políticas, económicas y sociales de Cataluña”, ni que compare la democracia española con la turca de Erdogan, tan despreciada en aquel país.

Nuestra democracia es mejorable, como todas, pero es la que permite a Puigdemont decir lo que dice, hacer lo que hace y cobrar lo que cobra de un Estado al que quiere destruir. Es tan permisiva esta democracia que incluso tolera que él mismo, Artur Mas y otros conmilitones, que proceden de un partido organizado como trama mafiosa y corrupta, incumplan las leyes, desacaten a la justicia, desafíen al Estado y desprecien a los demás españoles.

Tarradellas, que los superaba en saber y prestancia, aconsejaba a sus colaboradores: “Hagan lo que quieran menos el ridículo”. Sin entrar en el fondo del problema catalán -políticos tiene el país para abordarlo-, el presidente de la Generalitat y representante del Estado cada vez que va por el mundo desprestigiando a España y su democracia con mentiras y calumnias hace el ridículo, que fue espantoso en EE UU cuando comparó “nuestra lucha” con la lucha por los derechos civiles en este país.

Pero más grave que eso es que ofende a los españoles de bien, hartos de escuchar discursos de nacionalistas que vomitan desprecio y odio y en su paranoia fanática, parafraseando a El Roto, queman la Constitución para iluminar su cueva.


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