Socialdemocracia


Sus más próximos antecesores (Zapatero, Pedro Sánchez y algún otro) dejaron el listón tan bajo que el actual presidente de la gestora socialista, Javier Fernández, emerge con fuerza sobre el magma de confusión que reina en el partido. Le hacen creíble la aparente serenidad con que se mueve y los discretos contactos personales que mantiene con Rajoy para salvar en lo que se puede –que no es mucho- el “no es no” sistemático que sigue mandando en la militancia y en no pocos ámbitos orgánicos.

Tal vez por la neutralidad que ha de administrar entre las diversas opciones que pugnan por el mando futuro en Ferraz como máximo responsable que es de la dirección interina, hasta ahora no se ha prodigado mucho en público. Pero su intervención en el foro económico del pasado fin de semana, con interesantes recetas para propios y extraños, ha merecido general reconocimiento. Quizás fue excesiva su reafirmación en la “superioridad ética, económica y cultural” de la socialdemocracia. Pero, en fin, este es uno de los clásicos y gratuitos lugares comunes que acompañan al partido desde su fundación.
Desde la teoría y el sentimiento resulta fácil evocar, como él hizo, la histórica divisa de Bad Godesberg (1959), el manifiesto que inspiró el proceso de renovación de la socialdemocracia europea en los años sesenta: “tanto mercado como sea posible; tanto Estado como sea necesario”. Muy otra cosa es, sin embargo, cómo encajar en la práctica la tensión entre ambas aspiraciones. Y en este sentido bien puede decirse que les faltan muchos deberes por hacer.

Se habla de la crisis de la socialdemocracia; de la identidad perdida del socialismo europeo. Si atendemos a los diecisiete democracias más asentadas del continente, entre las últimas elecciones celebradas antes del inicio de la crisis en 2008 y las últimas (2015/2016) el promedio del voto de los partidos socialdemócratas ha caído del 28,2 al 21,9 por ciento del voto; esto es, más de seis puntos, mientras que el de los partidos de la derecha ha pasado del 31,3 al 27,2; es decir, más de cuatro, en buena parte afectados unos y otros por el auge del populismo. Se lo recordaba hace unos días el sociólogo y ex ministro socialista José María Maravall.

Europa es el reino de las coaliciones y los socialdemócratas están en el gobierno de nueve de esos diecisiete países, en seis de los cuales lo presiden. Otra cosa es lo que hacen en ellos: la singularidad de sus políticas –advertía- está muy desgastada y resulta imprescindible replanteárselas.

¿Cómo?: guiados por la igualdad, que representa su permanente seña de identidad, y dando prioridad a su negación extrema, cuales son la pobreza y la necesidad en que viven los sectores más castigados por la desigualdad, tal vez el mayor coste social de la crisis. De forma que tal replanteamiento también ayude a frenar populismos. Reto complicado.


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