La caspareal


Ser un país de contrastes es una gran ventaja. Te da la oportunidad de sumarte al que más te guste y apartar a aquellos otros molestos o inoportunos. Este nuestro ha sido siempre, según el tópico histórico, un crisol de culturas donde los alquimistas pocas veces han conseguido transmutar el plomo en oro. Y así andamos, camino del futuro sin tener muy claro el presente. Repitiendo los errores del pasado con inusitada insistencia.

Estos días, en los que la monarquía hereditaria salta de los juzgados a los palacios, me he sentado en el umbral de mi paciencia para contemplar el paso de sus fracasos y no salgo de mi asombro mientras, sin pretenderlo, alimento la fe republicana de mis mayores. En el mismo día he amanecido en Ginebra, a las puertas de la vivienda de la infanta Cristina, para ver salir camino de la parada del autobús a su amado Urdangarin, ex duque convicto pero liberado de la cárcel unas horas más tarde en Palma. Y he desayunado contemplando el nuevo boato de la Casa Real creado para recibir al presidente de Argentina, Mauricio Macri, señora e hija, Juliana y Antonia. Y he pensado con cuál de estos dos contrastes quedarme para saborear la jornada desde la que construir el mañana.

Huelga decir que ninguno me sirve y ambos son útiles a la hora de pensar en cambios para la organización del Estado, si es que algún día somos capaces de revisar la Constitución de 1978 para adaptarla al siglo XXI. Y entre esos capítulos obsoletos dignos de ser llevados a la palestra, al debate y al proyecto de futuro, empieza a ser preferente fijar la utilidad de la monarquía o, al menos -si la mantenemos- su funcionalidad.

El contraste de esta semana, al esperar una sentencia empírica ejemplar (sobre hechos probados, y encontrarnos con otra benigna, aplaudida con falsedades éticas de igualdad, y sembrada de rumores sobre el terreno de las sospechas), frente a las imágenes de papel cuché y exclusiva para HOLA o SEMANA montadas en paralelo por la Zarzuela, no hay espacio para la elección. La caspa de la monarquía española, esa que viene de los Fernando VII, Isabel II, Alfonsos XII y XIII está cayendo con fuerza sobre los hombros de Felipe VI.

Sí, tenemos una monarquía históricamente casposa aunque en ocasiones haya sido útil y hasta necesaria. Tanto es así que llegamos a creer que con Juan Carlos I la modernidad había entrado en palacio. Él supo romper con los modos y maneras del boato barroco, obviar la corte añeja de títulos y medallas de latón dorado, acercarse campechanamente a las gentes y servir a los intereses del Estado con inteligencia. Muchos republicanos, incluido Santiago Carrillo, optamos por sentirnos juancarlistas. “El felipismo sexto -le dije un día- tendrá que ganárselo el príncipe”. El monarca respondió con una simple sonrisa.

Ahora, contemplando las miserias judiciales de la familia y las salvas con cañones herrumbrosos para recibir a Macri, los uniformes de gala anacrónicos, los modelitos para cada dos horas de Letizia -la republicana reina-, las cenas y comidas de gala… hay que preguntarse: ¿Qué sentido tiene todo este espectáculo decimonónico? ¿Tapar el desencanto? No hay opción, ha vuelto la caspa.


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