La corrupción y los sobornos

La Cumbre mundial sobre la corrupción celebrada en Lima en el marco del G-20 el año pasado, reveló que esta lacra social pasa una factura a las economías mundiales  del orden de 1,5 a 2 billones de dólares, que representan entre 1 y 2 puntos del PIB mundial. Una cantidad de dinero que produce escalofríos si consideramos, sobre todo, las graves carencias en servicios básicos y derechos sociales que todavía aquejan a millones de habitantes de este planeta.

Pues bien, en estos 1.5-2 billones de dólares se incluyen  sobornos, cohechos y, también, los recursos que debiendo ser productivos se dirigen al pago de coimas: la menor innovación que trae consigo la fuga de talentos y el tiempo productivo perdido cada vez que un empresario practica prácticas corruptas en lugar de atender a su trabajo cotidiano.

En este sentido, las economías que ponen coto a la corrupción con sistemas de control, previsión  y supervisión adecuados y que  incentivan la integridad de los directivos,  es probable que  puedan, según uno de los últimos foros anticorrupción del G-20, incrementar el ingreso per cápita entre 3 y 4 puntos porcentuales.

Cuándo el cáncer de la corrupción penetra en el sistema termina con el cuerpo y es menester una revolución para limpiarlo.  Los políticas de lucha contra la corrupción son efectivas si realmente el costo de no cumplir con estas normas es muy alto, porque si es bajo o tolerable, las empresas que buscan los beneficios por encima de cualquier otra consideración tienen la tentación de eludirá las normas. El cumplimiento de las leyes anticorrupción debe estar confiado a Tribunales independientes que hagan valer las disposiciones en ellas contenidas.

Durante el Foro de Lima se puso de manifiesto que es fundamental liderazgo y voluntad política firme, que los dirigentes practiquen la tolerancia cero frente a la corrupción y, sobre, que los ciudadanos exijan que se cumplan las leyes y que sancionen en las elecciones a los políticos corruptos, algo todavía, en algunos países más que en otros, inédito.

La transparencia es la mejor medicina, aunque cuesta mucho implementarla. En EEUU hay una ley que obliga a las empresas de minerales, gas y petróleo a entregar al Ente regulador (SEC) información sobre todos y cada uno de los pagos efectuados a sus  clientes y proveedores. Sin embargo, las empresas acuden a la Corte para no acatarla, para intentar seguir operando en un ambiente de opacidad y oscuridad.

También se recordó que en América Latina  deberían adoptarse sanciones más severas y hacer que se cumplan. La evitación de la corrupción, además, trae consigo ahorros al erario público y facilita la apertura comercial.

Estos días nos hemos enterado de la constructora brasileña Odebrecht, una de las más grandes del mundo, pagó solo en sobornos en doce países de América latina y África 755 millones de euros entre 2000 y 2014. Y, por si fuera poco, a finales de 2016 se publicó en la prensa internacional que se había desmantelado una  presunta red de corrupción en el fondo de pensiones de los empleados de públicos de Nueva York, el tercer mayor fondo de pensiones de EEUU, con una cartera de 184.000 millones de dólares donde tienen depositados los dineros para su pensión más de un millón de empleados públicos. Pues bien, uno de los gestores del fondo, que manejaba del orden de 53.000 millones de dólares en instrumentos financieros de interés fijo, presuntamente fue objeto de sobornos por parte de varios corredores de bolsa que así pudieron canalizar jugosísimas inversiones.

Moraleja: transparencia, transparencia y transparencia. Rendición de cuentas, rendición de cuentas y rendición de cuentas. Y sobre todo, control, supervisión y vigilancia por autoridades independientes, independientes, independientes. En ocasiones disponemos de una pléyade de sistemas de control, supervisión y vigilancia, pero ni son independientes ni gozan de autonomía. Por eso menos controles formales y más control material.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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