Europa

Europa parece haberse vaciado desde el interior, paralizada en cierto sentido por un problema en su sistema circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, ahora confiada a transplantes que acabarán eliminando su identidad. A este vaciamiento interior corresponde el hecho de que étnicamente Europa se encamina a su desaparición”.

Estas palabras fueron pronunciadas en 2004 por el entonces cardenal Joseph Ratzinger en el Senado de la república italiana y hoy, tras la crisis del 22-J a causa de la salida de Inglaterra del viejo continente, son proféticas. Son palabras que hoy, doce años después, resuenan con particular clarividencia justo con ocasión de lo acontecido el miércoles 22 de junio de 2016 en el Reino Unido.

En efecto, en la medida en que el viejo continente renuncia a sus valores propios, en la medida en que se consagra la dictadura de los fuertes sobre los débiles, en la medida en que la dignidad del ser humano deja de ser el centro del orden político, social y económico,  nos encontramos ante una situación francamente compleja. Una situación  desoladora en la que se han eliminado de un plumazo esos principios generales que, derivados de la naturaleza humana, se aplican a todos los seres humanos sin distinción y que han sido característica básica del entendimiento de la vida humana en el viejo continente.

El derecho a la vida ha dejado de ser un bien absoluto para convertirse en moneda de cambio para la permanencia en el poder. Si conviene, si es eficaz, si es políticamente correcto,  se asalta y no pasa nada. La libertad educativa, igualmente, se cercena a diario por las necesidades del control y manipulación de los partidos gubernamentales que, en muchos casos, no toleran la existencia de espacios de libertad. No digamos la libertad de expresión, oscurecida y condicionada tantas veces a los dictados de los poderes que reinan en el mundo de los medios de comunicación.

Efectivamente, el dinero, el poder y la notoriedad configuran un ambiente en el que todo está permitido, en el que no hay frenos ni limitaciones morales, en el que, si es menester, se procura narcotizar la conciencia de los ciudadanos a base de consumismo insolidario evitando que salga a la luz la vitalidad de la conciencia crítica, que se persigue con ocasión y sin ella. Si se censura una determinada manera de ejercer el poder, incluso el judicial, se corre el peligro de ser expulsado del espacio del único pensamiento que se tolera: el oficial o el que dicta la cúpula de la tecnoestructura.

En este panorama que hoy domina el viejo continente es lógico que muchos reclamen la vuelta a los principios, a las raíces, de forma y manera que recuperemos nuestra identidad y volvamos a ser para el mundo lo que siempre fuimos: ejemplo de pensamiento abierto comprometido con la verdad y con los derechos humanos. Pero para ello, es menester abandonar los trasplantes de cuerpos extraños y apostar por una operación con la medicina adecuada, que es volver a la lucha cívica por la libertad, al compromiso real con los desfavorecidos, al Estado social y democrático  de Derecho. Es decir, reconocer los tres pilares de la existencia de Europa como realidad histórica: la filosofía griega, el derecho romano y la civilización cristiana. Si seguimos renunciando  a nuestra identidad, ya sabemos hacia dónde nos encaminamos. El 22-J no es más que un paso en esa dirección.

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