Cartas al director

Formo parte del grupo de personas  que conservan el placer de leer varios periódicos que, siendo todos portadores de la historia continuada de nuestra cultura, reflejan tendencias e interpretaciones distintas de la realidad política y social que es necesario conocer para conformar una opinión lo más objetiva posible de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Una de las secciones de obligada lectura es «cartas al director» en la que los lectores expresan su opinión sobre los asuntos que más les preocupan, que en los últimos meses son la delicada situación política, económica y social del país que imputan, en gran medida, al comportamiento de los partidos y sus líderes que fueron incapaces de dar con una solución al bloqueo político porque no quisieron entender el mandato de las urnas.

La mayoría de las cartas reflejan, además de la decepción con los políticos, la preocupación y el desasosiego que genera toda larga espera por algo que debe venir y no acaba de llegar, que no es más ni menos que un gobierno solvente y capaz de buscar soluciones a los muchos problemas del país y de los ciudadanos. Es lo que cabe esperar de una democracia consolidada.

«Sueño con un país, escribía un lector en enero, en el que los políticos entiendan el diálogo como una vía imprescindible para resolver los problemas de la gente, donde el consenso sea básico para promulgar leyes que duren más de una legislatura… Un país donde los gobernantes no traten a los ciudadanos como imbéciles, donde la democracia sea algo más que votar cada cierto tiempo y el Estado de Derecho se respete como base del sistema democrático, de estabilidad y progreso».

«Quiero votar programas antes que personas, ideas y no descalificaciones, escribía otro lector. Que la racionalidad sustituya al dogmatismo, que la corrupción pase a los juzgados y el debate de propuestas ocupe el primer plano del debate político».

En estas y más cartas están las palabras clave de un buen gobierno: diálogo, consenso, ideas y propuestas, resolución de problemas, erradicación de la corrupción, respeto al Estado de Derecho y respeto a los ciudadanos, todo un programa para soñar con una país bien gobernado.

Pero por lo que venimos escuchando, las posiciones están muy enconadas y los sueños de los lectores -y de los ciudadanos- de normalizar la vida política, «sueños son», como eran los del Segismundo de Calderón cuando reflexionaba sobre la vida y su suerte. Es lo que hay hasta hoy.

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