El diputado voto

Acabo de escuchar a Pablo Iglesias asegurar que “Zapatero fue el mejor presidente de gobierno de la historia”. Ayer oí a un militante de IU decir que se siente “comunista de corazón y socialdemócrata de mente”. Un tuit de Jordi Sevilla afirmando una obviedad tan elemental como que “quien obtenga más apoyos parlamentarios deberá gobernar” acaba de remover todos los comentarios de politólogos y tertulianos como si de la palabra de un profeta se tratara. Por la banda del PP han levantado un estandarte contra la renovación llamando a votar la “experiencia y la solvencia frente a la improvisación”. Las huestes de Ciudadanos, tan amigos de ser bisagra, un día sí y otro también tropiezan con la incapacidad para aportar algo distinto en su oferta electoral. Es como si el esfuerzo negociador de la legislatura breve los hubiera dejado sin resuello.

Así las cosas, la volatilidad de las ideologías nunca ha estado más de manifiesto. Se confunden y revuelven según desde dónde sople el viento. Se decía en los mentideros que la convocatoria del 26-J no sería otra cosa que una segunda vuelta del 20-N. Se pretendía que no fuera necesario realizar campaña alguna y con ello reducir gastos. Incluso algún iluminado propuso que se abrieran las urnas como quien repite la compra en el supermercado. Y, especialmente, se afirmó y se asegura hasta la saciedad que el resultado de la elección será entre gemelo y mellizo del anterior. Y puede ser.

Sin embargo, esta primera semana de campaña ha puesto de manifiesto algunos fenómenos interesantes. El primero, nos avisa de que el balance de gestión de los cuatro años y pico de Rajoy ha perdido protagonismo a la hora de pedir el voto. El segundo, que los adalides de la nueva política ya están en el saco del sistema utilizando los mismos tics de la vieja política. Los activistas de Podemos se acostaron comunistas en la misma cama con IU y se levantaron socialdemócratas, eso sí, de los de antes del 15-M. El tercero, en el seno del PSOE el enemigo común externo ha propiciado la unidad de acción de todos los barones, expertos e inexpertos, con Susana Díaz a la cabeza y la foto de Pedro Sánchez en el escapulario. Y el cuarto, el electorado está hasta el moño o el bisoñé de tanto ruido.

Y sobre todo, es fácil comprobar, que ninguna fuerza oferta propuestas diferentes a aquellas con las que concurrieron el año pasado. Vemos las mismas caras en los carteles, los programas –foto arriba, coma abajo- tienen la misma letra e idéntica música aunque cambien el ritmo. Esto es, vuelven a vender la misma lavadora que el electorado no compró. La disputa por el voto se libra en el territorio de los indecisos generando vaivenes en el etiquetado del producto por parte de los cuatro grandes. Así lo vimos en el primer gran debate -¿gran?- a cuatro de nuestra historia, donde la sensación de perdedores resignados, ofrecida por los cuatro líderes, movía más a la compasión que al compromiso para ayudar a sacar al país de la sensación de interinidad que nos oprime.

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