Vientos populistas

El auge de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones en tres Estados federados ha supuesto un sonoro toque de atención para la canciller Ángela Merkel y todavía aún mayor para su socio, el Partido Socialdemócrata (SPD), de Sigmar Gabriel. Y ha significado también la ruptura de la excepcionalidad germana, país que a diferencia de otros Estados europeos no contaba con una fuerza de extrema derecha xenófoba que condicionase la agenda política.

Alemania entra así en la corriente de los vientos populistas de diverso signo que recorren Europa de unos años a esta parte. Desde el más veterano Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, hasta los neonazis que hace unos días se estrenaron en el Parlamento de Eslovaquia, pasando por el Cinco Estrellas de Beppe Grillo en Italia; el euroescéptico UKIP de Nigel Farage en el Reino Unido; el Syriza griego de Tsipras; las alternativas surgidas en Bélgica, Holanda y países escandinavos, y el Podemos de nuestro Pablo Iglesias. A todo ello habría que sumar las políticas de exclusión de los nacionalconservadores que se han hecho fuertes en Hungría y Polonia, más el tropel de radicales con escaño en el Parlamento Europeo.

El detonante último en el país centroeuropeo ha sido la avalancha de refugiados, en lo que se considera la mayor crisis humanitaria que vive Europa desde la segunda guerra mundial. Pero no sólo. En realidad, unos y otros movimientos se han ido extendiendo al amparo de un cruce de elementos: del descontento con la clase dirigente clásica, las duras políticas de austeridad derivadas de la crisis económica, la inseguridad agudizada a raíz de los atentados de París y, como decimos, el impacto de la emigración.
Para otros analistas esta eclosión de un populismo que promete falsas soluciones simples a situaciones harto complejas, está también muy vinculada a la crisis de valores que padece Europa; un continente cerrado en sí mismo, sin músculo propio.
Carece además de un líder claro. Ángela Merkel, que hace tres meses fue distinguida como “personaje del año” por la revista Time como “canciller del mundo libre”, está hoy sobrepasada por los problemas del país. Recibir en un año y dar auxilio a un millón de refugiados resulta una situación inmanejable. Según estimaciones de la UE, el coste de la atención a un refugiado es allí de 12.000 euros anuales.

Las elecciones regionales parciales de la semana última han pasado la inevitable factura a su generosa oferta de acogida y de puertas abiertas que le puede costar hasta su futuro político. Veremos, con todo, en qué queda el controvertido apaño del acuerdo con Turquía, de harto complicada aplicación. También Merkel ha virado, sí. Pero al menos puede argüir que, al revés que otros, no ha levantado ninguna valla ni aceptado fijar topes de entrada. Nada menos que 60.000 solicitudes largas de asilo sólo en el pasado mes de febrero.

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