La Bolsa no es ajena a la tensión religiosa

Por qué son tan volátiles las Bolsas? ¿Por qué tienen, en apariencia, un comportamiento errático? ¿A qué se debe que el petróleo sea el inductor de tales movimientos? ¿Cabe esperar algún acuerdo? Preguntas así buscan respuesta desde hace tiempo, pero especialmente en las últimas semanas. En principio cabría mirar a Nueva York o a Londres. Sin embargo, tal vez sea más aconsejable echar un ojo a lo que pasa en Arabia Saudí, con el riesgo que supone asociar los movimientos bursátiles a complejos componentes religiosos, aparentemente alejados de la teoría económica.

La religión y la historia contribuyen a aclarar lo que sucede en el presente e incluso a veces son la clave de la geopolítica actual. Estados Unidos ha sido un fiel aliado de Arabia Saudí y, por tanto, un compañero fiel contra el enemigo común, que era Irán. Pero el acuerdo nuclear que consiguió el secretario de Estado John Kerry permitió desbloquear la participación de los iraníes en el mercado de petróleo y levantó suspicacias en Arabia Saudí, cuya reacción a través de los fondos soberanos está provocando irritantes comportamientos bursátiles de difícil solución a corto plazo.

A los árabes les interesa impedir económicamente que los precios no sean atractivos para la venta del barril del petróleo de Irán y, por consiguiente, su reaparición en el mercado no le suponga un aumento de la riqueza petrolera. En paralelo les conviene fijar unos precios para que el fracking americano no se recupere, entre en quiebra y Arabia siga dominando el mercado del petróleo. El antecedente de esta decisión parece ser histórico.

Tras la muerte de Mahoma, varios de sus seguidores más cercanos no tardaron en realizar incursiones en contra de sus perseguidores. El Corán llamo a esta actividad “pelear por el sendero del Señor o Yihad”. Su finalidad no era convertir a nadie al islam, sino más bien exigir el sometimiento al pago de impuestos. Y una vez unificados los árabes comenzaron a dirigir sus energías anteriormente gastadas contra ellos mismos hacia los vecinos, llevando a cabo una Yihad a gran escala. Los persas fueron los primeros en sentir la fuerza de los árabes. A mediados del siglo VII, una disensión interna en torno al califato creó una división entre los chiítas, integristas que sólo aceptaban a los descendientes de Alí, y los sunitas. Y esa lucha sigue vigente hoy. Frente al integrismo de Irán está la corriente sunita, capitaneada por Arabia Saudí y cuya religión es el wahabismo, que es una variante rigurosa del sunismo y que califica de “impíos” a los chiítas.

Ante la paulatina vuelta de Irán al tablero global, Arabia Saudí hará lo posible por mantener el liderazgo del petróleo, impidiendo subas que beneficien a los iraníes, al tiempo que seguirá dando toques de atención al mundo occidental mediante la venta de un pequeño porcentaje de sus patrimonios para desestabilizar los mercados. Vender masivamente bonos americanos llevaría a un incremento de los costes financieros de Estados Unidos para financiar su déficit público. De hecho, bajo la necesidad de compensar los ingresos petroleros ya vendieron activos financieros que desestabilizaron los mercados de valores.

Quienes juegan al ajedrez suelen recordarle al presidente Barack Obama que cuando se mueve el caballo sobre el tablero -justo lo que hizo él en Irán- hay que tener cuidado de no recibir una coz.

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