Tiempo de reformas

La profunda crisis económica y financiera que ha sacudido en este tiempo a naciones, empresas y personas es, seguramente, trasunto de una honda crisis general, también de orden político, cultural y moral. El 20-D los españoles han castigado claramente a las opciones tradicionales y han empezado a apostar por otras perspectivas, que sumadas a la abstención, plantean cambios y transformaciones de calado en la vida política, económica, social y cultural de nuestro país.

En materia política, las reformas son obvias. Desde listas abiertas para que la ciudadanía participe de verdad en la elección de los candidatos hasta un nuevo espaldarazo a la separación de poderes, pasando por mayores prácticas de consulta a los ciudadanos en materias de relevancia general. ¿Es que no ha llegado el momento de un nuevo sistema electoral?. ¿No es tiempo ya de incluir los derechos sociales fundamentales en la Carta Magna?. ¿No es menester desarrollar en sede constitucional esa inexistente democracia interna que debe presidir la vida de los partidos, sindicatos y demás instituciones de interés general?. ¿No es posible mejorar el sistema autonómico reforzando los principios de cooperación o solidaridad diseñando un modelo administrativo que permita un mayor autogobierno en el marco de los intereses generales propios de Autonomías y Entes locales?. ¿Por qué tan pocas apelaciones a la voz del pueblo en materias relevantes para la vida de los españoles?. En fin, ¿por qué no se pregunta a la ciudadanía si a día de hoy está de acuerdo con la Constitución de 1978 o quiere cambios y transformaciones?.

En otras materias, como la educativa, la necesidad de cambios sustanciales es obvia. Se precisa un gran pacto también en materia territorial. Por supuesto que la justicia debe ser despolitizada y el sistema económico abrirse a mayores espacios de solidaridad. El Tribunal Constitucional debe ser modificado en su composición y el Fiscal General del Estado, así como los órganos de control y supervisión, disponer de cotas de autonomía e independencia reales y razonables.

El sistema proporcional no ha fomentado la comunicación entre electos y electores. El mayoritario es más próximo a la representación directa, pues el elegido representa a un gran número de personas, que tienen opiniones bien diferentes y distintas en tantas materias. El problema es que promueve el bipartidismo, hoy por cierto, tras el 20-D, en franca decadencia. El sistema alemán, o sistema mixto, bien interesante por cierto, ofrece al elector dos votos: uno para las formaciones políticas y otro para su representante directo. Este modelo, de aplicarse entre nosotros, traería consigo una profunda reforma de los partidos ya que las listas cerradas pasaran a la historia desbloqueándose para dar preferencia a dirigentes que, por sus cualidades personales y políticas, tienen especial atractivo en determinados espacios territoriales. Este sistema de voto preferencial del sistema mixto podría animar a personas de relieve y prestigio a colaborar en política, que entonces sería una actividad más abierta, no cómo ahora que está en poder de los llamados funcionarios de partido.

Las soluciones son integrales y multidimensionales y tienen un denominador común. Devolver a las personas de carne y hueso, al pueblo soberano, a la centralidad del sistema. Una primacía de la que se han apoderado, de una orilla o de la otra, quienes pensaban que a través del consumismo insolidario se podía narcotizar al pueblo y tenerlo dominado. Hoy, sin embargo, la gente empieza a despertarse –ahí está el 20-D- del sueño de control y manipulación en que estaba sumida y reclama su posición medular en el sistema. Ojala que los cambios que se avecinan se orienten en la buena dirección y sirvan para mejorar el sistema político y económico. Nos jugamos mucho en ello.

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