España y la guerra

El célebre aforismo “Si vis pacem pare bellum” es en realidad la abreviación de un juicio de un romano llamado Vegacio, quien dijo “Quidesideratpacempreparetbellum”. O, que los que deseen la paz, se preparen para la guerra. Y en el mismo sentido, nuestro fabulista Samaniego sentenció: “La fiera respondió: tengo entendido/ que en la paz se prepara el buen guerrero/así como en la calma el marinero/y que vale por dos el prevenido”.

Cuando el general Manuel Díez Alegría, que fue jefe del entonces Alto Estado Mayor (hoy sería el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor), ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, pronunció un contundente discurso, luego publicado en forma de libro, con el título de “Ejército y Sociedad” (que conservo con gran estima, sobre todo por la dedicatoria) en el que se dicen dos cosas importantes: el sometimiento del Ejército al poder político, como base de un estado democrático, sin la menor duda y, sobre todo, que “el oficio del soldado es la paz”. Puede parecer una contradicción, pero es así: la guerra, la guerra justa, tiene como único objetivo establecer la paz justa.

En determinados momentos de la historia, una nación está o no está donde se espera que haya de comparecer por su historia, su cultura, su compromiso con sus aliados y, como en este caso, con la propia civilización. El reino de España está en esa coyuntura.

Los titubeos del Gobierno español, la meliflua salmodia sin contenido de Mariano Rajoy, vuelven a dar la sensación de una pobre España que no sabe estar a la altura de la demanda de nuestro tiempo. Este“si, pero no; Francia nos ha pedido ni nosotros ofrecido nada”, y el resto de los pobres mensajes que emite el ejecutivo casi avergüenzan tanto como esa izquierda de cámara que es tan progre que es capaz de mantener la equidistancia entre víctimas y terroristas, pregonar que se dialogue con los del kalashnikov, o, como dice la inefable alcaldesa de Madrid “que se intente acercarse a lo que haya de perfil humano en el Estado Islámico”.

España tiene amarga experiencia con el propio terrorismo de casa y con el islamita. Pero, por lo visto, el Gobierno no asume, salvo la palabrería retórica el deber de unirse a quienes, por encima de la teoría están dispuestos a ejercer la práctica. Y yo no tengo duda de que los militares españoles, los profesionales que han abrazado la carrera de las armas, saben que el suyo es un oficio de riesgo, y como ya probaron holgadamente, están dispuestos a cumplir las misiones que se les encomienden en defensa de España, de sus compromisos como nación occidental y de nuestra propia civilización.

Si España da la espalda, ni no se une solidariamente, con sus medios, al mundo el que pertenece, ¿qué podemos esperar si otro día somos nosotros los atacados? Y se dirá que llevarnos a la guerra de Irak fue en aquel momento un error. Sin duda lo fue, porque, mientras el Reino Unido es un socio natural de los Estados Unidos, fuimos un mero agregado sin darnos cuenta de que las otras naciones europeas no se metían en un asunto que, como el propio Tony Blair acaba de reconocer (y disculparse) estaba prendido con alfileres y sin pruebas que justificaran aquella intervención de la que tan graves consecuencias se desprendieron.

Pero el caso presente tiene otros perfiles. Ya nos ha atacado el terrorismo islamita, al que hay que derrotar, y nadie está libre ya, intervenga o no en esta guerra, de volver a ser atacado. Y hay muchas maneras de ayudar: desde remplazar a Francia en otras misiones internacionales, desde nuestra probada experiencia y la competencia de nuestros soldados, a unirnos a la gran alianza contra el Estado Islámico.

Decían los romanos “Tenere lupus auribus” (Tener al lobo sujeto por las orejas); es decir, en horas de convulsión como ésta, no caben los juegos malabares delante de la fiera, o refugiarse en otras disculpas. Una nación deber estar presente y en marcha, con sus instituciones cumpliendo sus fines, estemos o no en periodo electoral.
Hay que derrotar al terrorismo islamita. Pero no sólo desde luego en el terreno militar, pero ésta es la fase en que nos hallamos. Y eso no elude que por todos los otros medios se trate de destruirlo, haciendo volar los puestos por los que le llegan pertrechos, los recursos económicos que les facilitan, las complicidades de otras naciones islámicas de práctica salafista, o el mercado paralelo del petróleo y más; pero éste es el momento de la acción directa. Y desde luego, no creo que se resuelva sólo con bombardeos. Hay que ir en persona, por tierra, a destruir el foco del mal.

Pero, dicho todo esto, añado, que España tiene que estar con sus aliados. No cabe otra cosa.

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