Aires de guerra mundial

Andando el tiempo habrá un historiador del futuro que se aplique a explicar los turbulentos acontecimientos de nuestros días, cuya explosión del viernes 13 en Francia parece haber encendido la mecha de la traca final. Podrá ese experto situar todas y cada una de las fichas del juego y deberá remontarse al atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York, a la fanfarronada del trío de las Azores –Bush, Tony Blair y Aznar- en 2003, a la guerra de Iraq 2003-2011, al descalabro de Lehman Brothers en 2008, a la globalización de la economía, a la caída de Europa en manos de la troika, al falso estandarte del déficit…

Y probablemente deberá especular con los oscuros intereses petroleros, con las intenciones de quienes armaron hasta los dientes a Bin Laden y a otras facciones integristas en Oriente para acorralar al poder de Rusia… Si resulta amigo de las coincidencias podrá señalar el paralelismo de la noche del viernes 13 de noviembre de 2015, con aquel otro viernes 13 de octubre de 1307 cuando el rey francés Felipe IV en París mandó prender a los caballeros templarios, dejando un memorable reguero de cadáveres, por oponerse los monjes a participar en la novena Cruzada contra los musulmanes… Viernes 13, desde entonces un aciago día en el subconsciente supersticioso de los franceses, desde nuestra actualidad renovado y reforzado.

Escribirá ese hipotético historiador que la sociedad del siglo XXI se oscureció, empobreció y dividió entre muy pocos ricos e inmensas bolsas de pobreza flotando sobre el consumo. Que soportamos semejante tormenta creyendo librarnos de una tercera gran guerra gracias a los sacrificios del austericidio, a la esperpéntica unidad europea y a la autorregulación de los mercados… hasta que los integristas musulmanes salieron a las calles parisinas armados con fusiles kalashnikov, fabricados en Rusia y mataron indiscriminadamente a confiados ciudadanos de todo el mundo.

Dirá el historiador que la respuesta visceral alumbró todas las cancillerías quemando el gas de la hipócrita unidad de una civilización contra otra. Otra vez oriente contra occidente. El primer mundo contra ese otro que responde a extrañas siglas y encriptadas lenguas. Podrá decir que tras la terrible noche de las muertes mediáticas soplaron inequívocos aires de gran guerra mundial: discursos altisonantes, bombas contra fusiles, víctimas colaterales anónimas, declaraciones de estados de excepción, recorte de libertades, cierres de fronteras, alimentos para el terror y el miedo, subidas de las acciones de las empresas fabricantes de armamento, olvido repentino de cumplir con el déficit, sed de venganza en manos de necios… Nada nuevo bajo el peligroso sol de la hipocresía.

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