El 100 mágico

No está documentado a quién se le ocurrió fijar cien días de cortesía para valorar las acciones de un nuevo Gobierno. Un convencionalismo absurdo que ha tenido una gran aceptación mediática y ha desatado la venta de lupas opositoras y las ofertas de software para argumentarios gubernamentales. Acabamos de pisar el cien mágico de las nuevas corporaciones municipales y de los recién estrenados gobiernos autonómicos. Y lo hacemos con la mirada –y los intereses- puesta en las elecciones generales.

¿Cómo se pueden sacar conclusiones serias de las acciones de unos gobiernos que heredaron programas y partidas presupuestarias agotadas o con destinos fijados? Como mucho, los politólogos lograrán otear las mañas y modo de los nuevos responsables y los disparos de la oposición no pasarán de balas de fogueo y fiestas para la palabra. Ceremonias de la confusión y más saturación para la ciudadanía.

De estos cien días se esperaba mucho más de lo que los recién llegados, sobre todo de quienes venían con la moneda del cambio en su bolsa, podían dar. Ellos mismos creían ingenuamente más en el poder de las ideas que en el poder de lo establecido. En muchos casos porque han hecho de la desmemoria política una virtud. Al franquismo nos costó a todos más de siete años, 1975-1982, levantarle la piel. Al PSOE le llevó catorce años transformar la anacrónica administración de la autarquía en una organización funcionarial moderna. El cambio del país fue lento, eficaz y ordenado. Vistas con el baremo de la realidad las circunstancias no son comparables. Miradas con la furia y euforia preelectoral de las fuerzas emergentes cabría pensar que sí.

¿Cien días después, estamos en condiciones de asegurar que el Estado necesitaba un cambio y que es posible esa transformación? Seguramente no. El país pedía retoques y la nueva sabia debe y puede conseguirlo. De momento hemos alcanzado a ver dos aspectos importantes. Uno, como era de esperar, que en tres meses -con vacaciones incluidas- el engranaje establecido ya ha atrapado en su mecánica los programas de los recién llegados. Dos, como la racionalidad aconsejaba, que la transformación estructural de la vida pública -gracias a pactos y combinaciones pragmáticas más que programáticas- es posible sin hecatombes triunfantes ni caídas apocalípticas.

Cien días después la movilidad está ganando al inmovilismo en la mente del electorado. Un signo de vitalidad que todos debemos aplaudir, partidos tradicionales y emergentes, estén en la oposición o en los gobiernos. Quienes permanezcan pegados a las costumbres de las viejas sillas sucumbirán a la carcoma.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar