Wert entra en clase

En la mañana del jueves, el peor ministro de la democracia española, José Ignacio Wert, y su compañera Montserrat Gomendio abandonaban su lujosa residencia de la avenida Foch de París para dirigirse a la sede de la OCDE, donde ambos trabajan –o tienen despacho y él cobra 10.000 euros mensuales- premiados por su labor al frente del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes en los últimos años.

A la misma hora, más o menos, ocho millones de estudiantes de infantil, primaria, secundaria y bachiller se agolpaban a la entrada de los centros educativos españoles con la incertidumbre de la ley Wert gravitando sobre sus mochilas, sobre sus inciertos libros de texto, sobre el desconcierto del profesorado y sobre la preocupación de los progenitores y tutores. Un rato después José Ignacio Wert tomaba café en su despacho y hablaba del mal clima parisino al tiempo que compartía pupitres y pizarras en toda España. La pesada bota de la ley que lleva su nombre asistía a la mayoría de las aulas, aunque algunas comunidades autónomas estén tratando de paliar sus efectos.
Estamos ante la quinta reforma educativa desde la dictada por Villar Palasí en 1970, aunque la de Aznar de 2002 no llegó a entrar en vigor. En puridad deberíamos decir que hemos vivido dos reformas, la LOGSE de 1990 y la LOE de 2006, y dos contrarreformas. La más integrista es esta, llamada hipócritamente Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), acrónimo desplazado por el apellido del ministro.

Gracias a esta disposición, ayer entraron en las aulas de la educación pública 30.000 profesores menos, mientras aumentaba en más de un millón el número de estudiantes. Un logro para mejorar la calidad. Por la contra en la enseñanza privada entraban unos 12.000 maestros más de los que había en 2013 al promulgarse la ley. Un signo de distinción.

Ayer muchos alumnos vieron como sus aulas o se habían estrechado o engordado el número de compañeros y compañeras en un 20%. Otro logro para mejorar la calidad educativa. Ayer el profesorado ya tenía anotado en sus agendas el incremento de horas lectivas, la disminución de los salarios y la imposibilidad de ver cubiertas las bajas de compañeros inferiores a quince días. Tres signos de distinción.

Ayer, mientras en el despacho parisino de Wert ya funcionaba el aire acondicionado, en cientos de comedores escolares españoles se enfriaba la sopa de la esperanza. Una realidad comparativa que puede inducir a la demagogia pero es una cruel realidad del pensamiento y la acción que nos asola. Wert no está en París, ha entrado en clase arrojando por la ventana la calidad educativa.

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