Fotografía de verano

El verano, las vacaciones y la playa son un excelente momento para comprobar el estado de las costumbres y hábitos del personal. En primer lugar porque tenemos tiempo para observar el comportamiento de nuestros semejantes y, en segundo, porque al estar fuera de nuestro entorno cotidiano todos nos movemos con mayor libertad, sin complejos ante la mirada de los otros.
Lejos me queda ya la etapa de cargar con carritos, flotadores, cubos, cremas protectoras, neveritas, pañales y un interminable etcétera que hace que ir a la playa se convierta en una auténtica mudanza familiar. Ahora tengo tiempo -y paciencia- para mirar y observar. Y compruebo gratamente que las cosas comienzan a cambiar. Veo muchas parejas jóvenes con pequeñas criaturas y no deja de sorprenderme comprobar que los papás ponen y quitan bañadores, untan de crema a sus retoños, pasean carritos e incluso cambian con habilidad pañales (tarea que cuando yo era pequeña resultaba impensable en un señor de pelo en pecho). Es más, he visto a más de alguna joven madre disfrutar sola del mar y la playa y ver a su pareja bajar más tarde al arenal con los niños después de su siesta, algo inimaginable en mis veraneos infantiles, cuando los críos eran competencia exclusiva de las mujeres.

Esto en la playa, pero la cosa no acaba ahí: El primer día que voy al súper y al mercado también me llama la atención constatar que detrás de mí un cuarentón pide el último en la cola de la pescadera y además domina los nombres de los pescados, lo cual ya es rizar el rizo.

Al atardecer es frecuente verlos hacer dribling por el paseo con carritos y llevar en el colo a bebés de pocos meses. No sé si es que las vacaciones y el verano tienen un efecto mágico que hace trastocar los roles; es posible, pero lo cierto es que la imagen no parece en este caso casual.

Algo se mueve, en todo caso en las vacaciones, y eso es un signo de que los tiempos están cambiando.
Lo mejor de esta modificación es que los protagonistas son ellos y no parece que esa actuación sea el resultado de una imposición, sino que de manera natural el reparto de las tareas se equipara, se acompasa al ritmo del verano con la misma naturalidad con la que se mueven las olas.

Dicho esto, no echemos tampoco las campanas al vuelo. También la playa ofrece la foto fija del hombre esperando tranquilo que su hembra le sirva su cervecita mientras reparte los mandobles oportunos a la prole… Es la convivencia natural de dos tiempos, de dos generaciones que, esperemos, acaben cumpliendo una vez más su pacífico relevo.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar