Refugiados

Permanecer tirado un día en la terminal de un aeropuerto es un martirio superior a un tercer grado de la KGB. Imagínese el suplicio que ha vivido un ciudadano de 34 años, natural de Tamil en Sri Lanka, retenido durante más de un mes en la sala de tránsitos de la terminal de Casablanca. Ese hombre venía huyendo de las guerras de Oriente y se declaraba perseguido político. Llegó a Málaga, fue interceptado por la seguridad española e ilegalmente devuelto a Marruecos, donde quedó atascado, sin dinero y sin comprensión.

Estos episodios individuales son muy frecuentes. No hace mucho, un niño huérfano de madre, de unos 11 años, que trataba de llegar a España para visitar a su padre chocó con la misma burocrática inhumanidad y también quedó atrapado en Casablanca. Hace pocos días otro niño clandestino ha muerto asfixiado dentro de una maleta. En lo que va de año, más de 220.000 emigrantes y refugiados han deambulado por el Mediterráneo buscando un puerto, una tierra de promisión y se han encontrado con barreras infranqueables, naufragios, muertes, dolor e incomprensión. Piense e imagínese usted a casi todos los habitantes de una ciudad media, por ejemplo A Coruña, navegando en malas condiciones sin alcanzar un muelle de amarre ni una mano tendida. Esto es lo que está sucediendo frente a las fronteras de la cristiana y caritativa Europa. Una situación denunciada hasta por ese antipapa, magnífico y excéntrico, llamado Francisco.

Hablamos de una Unión Europea que se está agotando al mismo ritmo que las cajas de pensiones. Donde tener y mantener hijos es un privilegio o un milagro. Por lo que su pirámide de población se ha invertido anunciando el futuro de un horizonte yermo. Un territorio económico que subvenciona todas y cada una de las vacas, cerdos, cabras, ovejas, olivos, naranjos, limoneros, viñas… tierras productivas e improductivas… para sostener el mermado sector primario. Un negocio donde son más abultados los subsidios que la mano de obra.

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