El auge en España suele venir del exterior

La economía da pie ahora a un intenso debate sobre la salida de la crisis en España: para unos todo sigue estando mal y para otros -como Mariano Rajoy- la cosa va bien. Tampoco faltan quienes eluden los extremos para, reconociendo que el país no va a peor, aprecian síntomas de mejora que dependen más del exterior (tipos bajos, petróleo más barato, etcétera) que de la propia dinámica interna, donde casi todos admiten que los niveles de productividad siguen siendo insuficientes.

En palabras más llanas, España ha cambiado poco porque se ha limitado a contener sus gastos y deudas, pero no se ha centrado en generar riqueza con nuevos productos y alto valor añadido. Cayó el ladrillo y no ha surgido nada alternativo en una dimensión equiparable en términos de aportación al PIB. El modelo productivo sigue siendo el mismo o parecido, sin tanta construcción, de ahí que los salarios tampoco repunten y que los nuevos empleos sean tan precarios.

Para que se cree empleo de calidad en el sector privado será necesario elevar la productividad, lo cual suele exigir en cualquier economía avanzada desarrollar la industria. Hoy por hoy, la industria 4.0, léase la producción digitalizada e interconectada del mañana. Por eso se espera que el nuevo concepto de industria 4.0 sea capaz de impulsar cambios fundamentales al mismo nivel de la primera revolución industrial a vapor, de la producción en masa de la segunda y de la electrónica y la proliferación de la tecnología de la información que caracterizan la tercera revolución industrial. Países como Estados Unidos o Alemania son abanderados de la industria 4.0, un asunto que forma parte de su agenda económica, mientras en España se habla de la vieja economía o de los servicios ligados al sol, que a la hora de la verdad son los que permiten sobrevivir pero no avanzar al ritmo de los países desarrollados.

Entre las urgencias del déficit y de la deuda, el paro, los problemas sociales, la desigualdad, la corrupción, la economía sumergida, la precariedad, el narcotráfico, la prostitución y otros problemas similares, la clase política permanece ocupada, casi al 100%, en problemas que otros países no tienen en esa misma dimensión, de ahí que su clase dirigente y sus medios de comunicación puedan centrar sus agendas en otro tipo de retos, como, por ejemplo, la industria 4.0.

Lo que está pasando tampoco es tan nuevo. En el mundo contemporáneo, España nunca fue un país vanguardista en desarrollo económico. Es más, sus recuperaciones y etapas de bonanza se han desencadenado desde fuera, como está sucediendo ahora, aunque sea a menor escala. Repasemos la historia: el desarrollo de los años 60, bajo la dictadura, fue a remolque de los 12 años gloriosos de Europa entre 1961 y 1973, en que se creció a un 7% anual medio, como recuerda Guillermo de la Dehesa en su libro sobre La primera gran crisis financiera del siglo XXI. A su vez, entre finales de 1994 y de 2006 la economía española creció a una media anual del 3,5%, en lo que fue el período de crecimiento más alto de los 30 años de democracia. No fue casual precisamente su entrada, justo en 1994, en la Unión Económica y Monetaria (UEM), que supuso un fuerte empuje a la economía española, del mismo modo que sucedió en el anterior período de auge en la segunda mitad de los años 80 con la entrada de España en la Unión Europea, entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE).

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