¿Es posible una Tercera España?

Creo que cada vez más españoles sintonizamos con aquel pensamiento de Don Salvador de Madariaga sobre “la Tercera España”, de la que él mismo era exponente y paradigma. O sea, que somos muchos los que no nos acomodamos ni con unos ni con otros. Si nos alejan el PP y el PSOE la corrupción que arrastran en su seno, sus mentiras, sus contradicciones, sus políticas, tampoco hallamos consuelo en las opciones que han aparecido en el mercado porque de unos nos fiamos y otros no nos inspiran mucha confianza.

Pero tampoco creo que la solución está en el maximalismo populista, en el neochavismo que quiere no ya darle la vuelta a España, sino deshacerla por completo, presumo que para volverla a construir a su medida. Ese sentido de la revancha, esa escalada de actos teatrales, como si se quisieran desmontar una a una las instituciones y el Estado. La cosa es ir quitando piezas de la maquinaria, sin que se aprecie que en todos los casos las sustituyan por repuestos o alternativas que puedan ser viables, sostenibles o posibles.

Y no sólo es por ese estilo de descamisados (para la escena) que parece ser la forma progresiva de presentarse en público como signo de que el proletariado ha llegado al poder. No me gusta, por ejemplo, el sistemático ataque a tradiciones socioculturales, como si cargarse viejas manifestaciones que a la gente de toda la vida les parecía bien, sea un signo de que España se moderniza, cuando curiosamente las naciones más modernas del mundo tienen a gala conservar y mantener esos usos simbólicos de su propia historia.

Y no hablemos de la serie de propuestas irrealizables (de momento ya hemos visto como algunas de las más emblemáticas de sus programas no llegaron a pasar de las musas al teatro) que adornan los grandes planes aparentemente renovadores que en no pocos casos son declaraciones de objetivos, pero sin explicar cómo se van a realizar y sobre todo, de dónde saldrá el dinero para afrontarlos.

La verdad, comparto el pesimismo de tantos que quisiéramos una España moderna, federal, que pusiera orden en el bosque autonómico y dijera a quienes llevan siglos con la misma cantata, como les dijo don Manuel Azaña, ¡hasta aquí hemos llegado! Pero esa España federal debe organizarse con un Estado fuerte, que recupere competencias esenciales que nunca debieron desperdigarse por las regiones y que son en gran medida la causa de la pérdida de los elementos aglutinadores de la identidad nacional, sin que ello suponga que por sentirse miembros de una comunidad superior uno deje de ser tan gallego, catalán, valenciano o lo que sea como quiera.

En esa España sobra el Senado, parlamentos regionales, autonomías sin sentido, el Tribunal Constitucional (cuyas competencias deberían pasar a una sala del Supremo de jueces no políticos), las subvenciones a partidos, sindicatos y patronales; la política exterior de algunas regiones que invaden competencias del Estado; deben desaparecer los aforados, miles de cargos oficiales, de coches oficiales, deben acabarse los indultos a los corruptos; los ladrones deben ir a la cárcel y devolver lo robado….En fin.

Yo no creo que la regeneración puedan traerla los mismos que permitieron, sino participaron directamente en la corrupción, pero tampoco creo en los salvadores aparecidos. Quisiera ser más optimista, pero no puedo porque no creo que nadie se atreva a modificar la Constitución para corregir los errores de aquella Transición tan alabada, cuyas componendas y contradicciones nos han llevado a la España de nuestros días.
No me gusta nada el porvenir que les espera, si sigue existiendo España, a los que nos sucedan. Pero tiene que existir otra España posible, aquella de la que decía el presidente italiano Sandro Pertini, “Uno de las grandes naciones de Europa”.

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