Salto a la fama

Muchos lectores recordarán aquel programa de TVE Salto a la fama en el que jóvenes y desconocidas promesas de la canción competían en un concurso que garantizaba la fama al ganador y a otros los situaba en una plataforma de lanzamiento hacia el éxito.

Rescaté del recuerdo aquel programa-concurso la semana pasada al ver como «saltaron a la fama» política en la última hornada electoral algunos jóvenes desconocidos que escenificaron el cambio con tanta polémica que produce mucho sonrojo y cierta inquietud.

Los casos paradigmáticos están en la corporación de Madrid que abre el nuevo ciclo político con dudas razonables sobre la moral civil de alguno de sus integrantes. Los tuits de Guillermo Zapata sobre el Holocausto, sobre Irene Villa o Marta del Castillo son miserables y revelan la catadura moral del personaje, «un sujeto que no tiene escrúpulos en tuitear chistes inmundos sobre judíos reducidos a ceniza, niñas asesinadas y violadas y víctimas del terrorismo», escribió Muñoz Molina en su blog.

Pero los comentarios injuriosos no son exclusivos de él. Pablo Soto, compañero de corporación, publicó otros tuits que rezumaban odio y venganza hacia el entonces ministro Gallardón; Alba López Mendiola escribió que «Emilio Botín no debería haber muerto en la cama, sino en la calle o colgado» y la portavoz de Ahora Madrid, Rita Maestre, está imputada por la invasión de la capilla católica del campus de Somosaguas de la Complutense al grito de «arderéis como en el 36». Según la alcaldesa hacía uso de su libertad de expresión.

Hay otros ejemplos de esta generación de salvadores de la patria que también escenificaron el cambio, pero de forma más civilizada. Muchos prometiendo el cargo con soflamas y coletillas diversas, algunos retirando banderas y retratos constitucionales y todos alardeando de superioridad moral y política, proclamando que «dejamos de ser el patio trasero de los señores de la desigualdad para ponernos a la cabeza de la primavera democrática que atraviesa Europa», alcalde de A Coruña dixit, despreciando lo que suene a pasado y pregonando que ahora en los ayuntamientos está «gente normal para servir a las personas». Como si los alcaldes y concejales anteriores fueran alienígenas que se divertían viendo sufrir a los ciudadanos.

Saltaron a la fama, ya alcanzaron el primer objetivo de echar a la casta y ahora «es su turno». Ojalá sus gobiernos no se queden solo en política de gestos.

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