Grecia se sale por la tangente para no pagar

Grecia, que tiene difícil hacer frente a su inmensa deuda pública, busca argumentos por la tangente. Básicamente tiene dos bazas: una, la supuesta ilegitimidad de una parte de esa deuda, y dos, el impago por parte de Alemania de supuestas reparaciones de guerra. La tensión es grande, no solo ya en el plano económico, sino también en el político, ya que Grecia amenaza con expropiar bienes alemanes si Berlín no negocia las reparaciones de guerra, y Berlín deja caer que Grecia podría ser expulsada del euro.

Traducido a euros, Atenas no se queda corta. Habla nada menos que de 162.000 millones de euros, aproximadamente la mitad de la deuda griega. ¿Hasta dónde se puede ir hacia atrás en la historia? Es un debate interesante, más político que económico, pero que en este caso alumbra un riesgo financiero no solo para Grecia, sino para toda la eurozona. De hecho, el ministro de Defensa griego, Panos Kammenos, advierte de que si su país abandona el euro, España e Italia “serán las próximas”. Y respecto a la posibilidad de un tercer rescate, subraya que Grecia no necesita esta opción, sino “una quita como la que Alemania recibió en 1953 en el Acuerdo de Londres”. Lenguaje de alto voltaje.

Si bien el Gobierno alemán ya ha dicho que «el capítulo de las reparaciones está jurídica y políticamente cerrado», el jefe del Gobierno griego, Alexis Tsipras replica: «Los crímenes y desastres provocados por las fuerzas del Tercer Reich en Grecia están aún muy presentes en el recuerdo de nuestro pueblo».

Si Europa existiera políticamente, un asunto de este calado tendría cuando menos un árbitro, pero como las instituciones europeas son una mera correa de transmisión de sus grandes estados, sobre todo de Alemania, Bruselas poco más puede hacer que lo que hace el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que es decir buenas palabras. Desde Bruselas, unos políticos tecnócratas que no gestionan competencias les imponen a otros colegas que sí lo hacen las medidas que deben aplicar en sus países o comunidades. Con una particularidad: los primeros no son elegidos democráticamente, sino designados, mientras que los segundos responden de su gestión ante las urnas. Una vez más, el déficit democrático europeo sale a flote.

La salida, si se impone la práctica habitual europea, será una solución lenta en cuanto a los problemas de fondo y un pacto en precario en cuanto a las tensiones financieras. De momento, estamos en la batalla de las declaraciones, a ver quién la dice más gorda, pero lo cierto es que esto no pinta bien. Sobre todo, porque aquí no hay un Barack Obama con poder suficiente como para arreglar un gran problema financiero y a la vez diluir posibles tensiones entre unos estados y otros.

Más que liderazgo europeo, lo que existe es un país líder que ya no sabe muy bien qué hacer con los estados rezagados. Es un problema que no se da en Estados Unidos, donde no es la pujante California sino el pequeño distrito de Washington el que actúa con sus poderes federales en la mano. Bruselas es el Washington europeo pero en Bruselas gobierna Juncker, que no es precisamente Obama.

Si en algo coinciden Atenas y Bruselas es en que si cae Grecia, puede caer la eurozona. El comisario de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, ya explicó en Der Spiegel que los efectos de un accidente serían “catastróficos”, pero no solo para Grecia: “también para la eurozona en su conjunto”.

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