La última frontera y la libre circulación de delicuentes extranjeros

El homicidio de un policía nacional por parte de un inmigrante ilegal a quien trataba de identificar ha provocado una airada reacción de indignación nacional. Porque lo que pudo ser una desgracia no lo es, sino algo peor. El sujeto en cuestión era un delincuente violento, detenido 9 veces por delitos graves, quien pese a ello no había sido expulsado de España, sino que andaba por la calle tranquilamente.
Todos los días nos desayunamos con protestas de la Unión Europea por la forma en que España trata de defender sus fronteras y el asunto de las devoluciones en caliente, incluso de aquellas personas que han entrado en nuestro territorio de manera cada vez más agresiva e impune. ¿Qué hacemos?.

En Melilla ya han surgido voces que reclaman la actuación del Ejército, en la medida que algunos asaltantes se proveen de todo tipo de armas y útiles con los que repelen a la Guardia Civil. Y el asunto va a mayores. Lo cierto es que la Guardia Civil está desbordada, desmoralizada y sobrepasada, hasta el punto de que, de no haber sido por los guardias marroquíes, algunas situaciones podrían haber acabado trágicamente.
Lo del Ejército, que se empleó hace unos años en labores de patrulla de refuerzo, no de intervención directa, es muy delicado. Quienes abogan por su despliegue se preguntan qué harían el Reino Unido o Francia ante ataques violentos en sus fronteras a las fuerzas de seguridad que las cuidan. En el caso de Inglaterra, vistas otras experiencias, no hay duda. Pero, hay que tener en cuenta la proporción. Desde luego, si la Guardia Civil se viera desbordada, el despliegue del Ejército para asegurar las fronteras no debería hacerse con armas de guerra, sino con otros elementos disuasorios. Por muy violentamente que actúen, los inmigrantes ilegales no forman un ejército y la respuesta debe ser proporcionada. Pero eficiente.

España parece estar sólo, sobre todo porque se ve incapaz de imponer soluciones eficaces ante una avalancha imparable e incontrolable. A los asaltantes desde el otro lado, se unen ahora de manera organizada los que ya se encuentran en el centro de acogida, en este caso de Melilla, por lo que los agentes se ven literalmente atrapados en medio. Se ha llegado a proponer que, visto que la mayoría de los que intentan llegar a España saltando la valla proceden de antiguas colonias de Francia, se meta a los que lo consigan en autobuses y se les conduzca a la frontera con el país galo en lugar de alojarlos en los centros de acogida e irlos soltando poco a poco en la península a su suerte.
Durante siglos estuvo vigente en Europa el principio de “la última frontera”, perfectamente compatible con el derecho de asilo. En el primer caso, cuando una persona entraba ilegalmente en el territorio de un país, era devuelto al de procedencia a través de la última frontera traspasada. Y eso era compatible con el derecho de acogimiento o asilo a las personas perseguidas por razones políticas. Y para que los delincuentes no pudieran escaparse a la acción de la Justicia, se establecieron los tratados de extradición, aplicados cuando un mismo hecho estuviera tipificado como delito.

Hoy en día, en la aldea global, la emigración es esencialmente debida a motivos económicos o a la necesidad de huir de todo tipo de persecuciones o guerras. Es un tránsito de desesperación. Pero hay dos hechos incuestionables: que los “sin papeles” que asaltan la vaya son cada vez más violentos y organizados, y que entre ellos nos han llegado delincuentes peligrosos sin otro horizonte que vivir como pueden. Lo difícil es separarlos de las comunidades que los protegen y, en todo caso, y desde el primer momento que pisan el suelo de España y cometen un delito, aplicarles las medidas adecuadas de control, seguridad y en su caso internamiento. Y si eso requiere medidas legales, habrá que adoptarlas.

Vivimos en un estado garantista, por fortuna, pero buena parte de nuestro ordenamiento no está pensado para dar respuesta efectiva a las nuevas situaciones que cada día sobrevienen. La Ley del Menor carece de toda efectividad, por ejemplo, ante la violencia organizada de jóvenes sudamericanos (no me gusta decir latinos), que ya actúan como bandas en lugares como Vigo; por no decir otros grupos semejantes de origen rumano, que en esta ciudad han llegado a aterrorizar en algunos colegios al resto de los niños de su edad. Y hablar de un problema no es xenofobia ni racismo, es hablar de un problema que debe ser solucionado. Ya hemos visto lo ocurrido en Melilla estos mismos días, donde se produjo un violento motín en el centro de acogimiento de menores (todos magrebíes) que pudo tener graves consecuencias y obligó a intervenir a las fuerzas de seguridad del Estado.

La muerte de este policía nacional se pudo haber evitado si ese delincuente hubiera sido devuelto a su país o recluido en la cárcel. ¿Se evitará la siguiente? Me temo que tal y como se está tratando este problema la respuesta es que no.

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