La utilidad de Podemos

Desde que empecé a escuchar las ideas y propuestas de Pablo Iglesias me he debatido entre la aceptación intelectual de bastantes de ellas y el rechazo intuitivo que me produce la personalidad del personaje. Ahora, una vez situados en la cúpula de la esperanza de muchos y en el rechazo de otros tantos, pasado el “congreso fundacional” de Podemos, veo con desesperanza que el dogmatismo y la estrategia se superponen a las necesidades de regeneración política, para la que dicen haber nacido. Me gana la intuición.

He escuchado a Pablo Iglesias decir que desea “jugar en el centro del tablero político”, que el programa para las europeas “lo hicimos con precipitación y habrá que revisarlo”, que “los compañeros que pierdan deben dejar paso a quienes ganen” –luego rectificó tendiendo la mano a un Echenique ninguneado-, que la formación “necesita un solo líder fuerte”, que “deberemos estudiar la reestructuración de la deuda y aquello que sea legal se pagará” y “si no gano me voy”… Es decir, Podemos, como Fernando VII, camina por la senda constitucional que lleva a la casta. Nada nuevo en el panorama ideológico.

En realidad, jugando con la desmemoria ciudadana, en todo momento Podemos no ha propuesto otra cosa que recuperar la esencia del bienestar, alcanzado gracias a las ideas y la gestión de la socialdemocracia, instaurada por el PSOE tras la transición. Si ponemos la lupa sobre sus propuestas no encontraremos ni riesgo ni innovación y, lo que es peor, ninguna utopía nueva por la que pelear. Y ahora, después de toda la comedia de inscritos virtuales, de los que la mitad no votaron, se vislumbra una organización ajustada a los esquemas tradicionales. La genialidad innovadora de un triunvirato en la cúpula, con órganos ejecutivos y portavoces elegidos por sorteo, se ha ahorcado con su propio cordón umbilical.

Con todo, Podemos está resultando útil. Su canalización del descontento ayuda a evitar el crecimiento de los extremos, por la derecha y por la izquierda, como está sucediendo en otros países de Europa. Por tanto, reducirá la abstención. Puede movilizar al electorado del PP desafecto pero temeroso. Ha aguijoneado los resortes ideológicos del PSOE e Izquierda Unida. Puede acabar cerrándole la ferretería a UPyD y a Ciudadanos, ya que no alcanzarán a ser bisagra para ningún futuro Gobierno. Quizás, solo los nacionalismos sean de momento inmunes a su aparición.

Una vez que todas estas utilidades aporten los correspondientes réditos políticos, descubriremos que el Podemos narcisista de Pablo Iglesias ha sido un simple espejismo dentro de una gran burbuja mediática. Por todo ello, no me queda más remedio que saludarles con un “bienvenidos a la casta”.

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