El pequeño Nicolás

Desde que la picaresca penetró en las entrañas de la sociedad, no solo compadecemos a todos los delincuentes “sin delitos de sangre”, como es preceptivo, sino que algunos nos cautivan con sus fechorías. El Lute y el Dioni son ejemplos paradigmáticos en este sentido.
Ahora acaba de entrar en la leyenda el pequeño Nicolás, ese joven madrileño que en solo cuatro años consiguió codearse con lo más granado del mundo de la política, de la economía y de la sociedad, cuyas andanzas alcanzaron la máxima expresión en la proclamación del Rey y en el espectacular show que montó en Ribadeo.
Políticos de renombre, sindicalistas, empresarios del IBEX, directivos de la patronal y personajes de la vida social aparecían en el nutrido álbum de este muchacho, “una persona con muchos contactos” que se presentaba como asesor de cargos políticos importantes y vendía, rayando la perfección, el papel de gran conseguidor ante sus peculiares clientes que, por si acaso, se arrimaban al poder que él supuestamente ostentaba.
Es un verdadero crak. Pero su figura y aventuras no responden al perfil del antihéroe desgraciado y de mal vivir de nuestra picaresca que servía a señores venidos a menos, sino que encarna al pícaro de la era global, al yupi precoz que tiene deseos de gloria y prisa para triunfar en la vida y se abre camino entre la gente acomodada.
Nadie acierta a comprender como este joven de 20 años, “con su sola palabrería” pudo construirse tan impresionante curriculum de “relación social” dejando en ridículo a instancias del Estado y a tantas personas distinguidas que picaron como pardillos abducidos por el solo olor a poder. Su comportamiento quizá se entiende mejor si se considera un producto “typical hispanish” nacido de la cultura del pelotazo que, simplificando mucho, persigue el enriquecimiento y ascenso social rápidos, no es ajena a la corrupción y goza de la impunidad reinante.
Está en libertad, la policía sigue investigando y pesan sobre él delitos de estafa, falsedad, usurpación de funciones… Pero las travesuras de Nicolás, incluidas las estafas de miles de euros a cambio de favores -el timo de la estampita a la gente bien que no eran los “gallegos analfabetos” de Almodóvar- inspiran ternura. Si yo fuera juez haría todo lo posible por circunvalar leyes y códigos e impondría al pequeño Nicolás por todo castigo la obligación de retomar sus estudios. Porque este país no puede perder una mente tan creativa que destaca sobre la mediocridad que nos invade.

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