La sorpresa del CIS

En los últimos años,los sondeos periódicos del Centro de Investigaciones Sociológicas -CIS- deparan pocas sorpresas porque la mayoría de los datos se repiten con machacona insistencia. Así, el paro y la corrupción ocupan un mes tras otro los primeros lugares entre los problemas que preocupan a los españoles, que también muestran su inquietud por la situación política y las perspectivas de evolución de la economía.

Hay un tercer dato que aparece en cada nuevo sondeo que es un calco de los anteriores: la valoración que los ciudadanos hacen de los líderes políticos, de los miembros del Gobierno y de los que están en la oposición. En el sondeo de julio vuelven a suspender todos sin excepción, con puntuaciones similares a las de hace cuatro o cinco años con un gobierno distinto. La conclusión es que, año tras año nada cambia, los políticos no mejoran en su gestión para merecer siquiera el aprobado de los ciudadanos. Triste balance.

Esto explica en parte la irrupción de Podemos como tercera fuerza política y subiendo, que fue la gran sorpresa de la última encuesta del CIS. Más allá de las sesudas interpretaciones de politólogos y comentaristas sobre este fenómeno sin precedentes en la política española, es muy acertado el análisis del lector de un periódico que sentencia que, más que hablar del triunfo de Podemos, hay que hablar del fracaso de todos los demás partidos. El ciudadano, señala este lector, no entiende de prima de riesgo, de deuda soberana, de déficit, de hipotecas subprime…, solo sabe que está parado o que peligra su puesto de trabajo, que cobra menos a fin de mes y percibe que los gobiernos anterior y actual le han engañado haciéndole pagar la factura de una crisis que cargaron en la cuenta de los de siempre.

Con el pequeño equipaje de un líder carismático y unas propuestas generalistas -no importa que sean utópicas- que cuestionan el establishment, Podemos ha conseguido ilusionar de nuevo a unos electores heterogéneos que creen que el sistema -representado por los partidos del arco parlamentario- ha gestionado mal la crisis, les había robado la ilusión y está agotado.

El movimiento arraigará con fuerza si los partidos tradicionales se entretienen en descalificarlo y no cambian su discurso para responder a las necesidades de una sociedad que, en palabras de Ignacio Urquizu, más que vivir una época de cambio, vive un “cambio de época” y es radicalmente distinta.

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