Largo me lo fiáis

 

Tenía la esperanza de que cuando mis hijas accedieran al mercado laboral lo harían en plena igualdad de condiciones con los hombres. Son aún adolescentes y me parecía que existía suficiente margen para que alcanzáramos la equiparación salarial, incluso que, si trabajaban mucho, podrían llegar a sentarse en algunos de esos mullidos sillones de los consejos de las empresas que, hoy por hoy, están ocupados por hombres. Pero la Comisión Europea ha roto por completo mis expectativas. No sólo mis hijas no  disfrutarán de ese privilegio sino que ni siquiera creo que lo podrán hacer  mis nietos. El último informe sobre Igualdad de Género de la Comisión Europea es demoledor.  

Dicen los expertos europeos que  al ritmo que vamos se necesitarán 70 años para conseguir la igualdad salarial y 30 para alcanzar el objetivo del 70% de empleo femenino.  Incluso si mis queridas niñas desearan dedicarse a la política (cosa que nos les recomiendo) sólo dentro de 20 años habría paridad en los parlamentos de la Unión. Y todo esto en Europa, donde de cada 10 alumnos que estudian en nuestras universidades, 6 son mujeres. Ya se pueden imaginar ustedes cómo estarán las cosas en el resto del planeta.

En un intento de no quedar tan mal parado, el estudio elaborado por los especialistas incide en que hemos avanzado mucho y que los más de 3.200 millones de euros invertidos entre el 2007 y el 2013 para promover la participación de las mujeres en el mercado laboral ha dado sus frutos, pero lo cierto es que estamos a años luz del objetivo.

Podemos dejar que las cosas vayan a su ritmo y que -como algunos propugnan- la igualdad llegue con el transcurso natural de la evolución de las sociedades. Si elegimos esta vía estaremos perdiendo todos. Estaremos desperdiciando parte de la energía creativa, la capacidad empresarial, la curiosidad intelectual, artística y científica de medio mundo. Y ese es un lujo que una sociedad moderna no se puede y no se debe permitir.

Por ello no sólo es necesario dar un empujón a las políticas en materia de igualdad, es imprescindible forzar la maquinaria para que este paseo de tortugas, lento y parsimonioso se convierta en una carrera, en un spint que permita dar un salto cualitativo. No hay tiempo que perder, no podemos seguir esperando otro siglo más en una Europa rica, moderna y avanzada a que las cosas se produzcan de manera natural. De igual manera que en otros ámbitos la UE impone y obliga, castiga y multa, en materia de igualdad también debe actuar con la misma contundencia.

La propia Canciller Ángela Merkel -que hasta ahora había mostrado su completo rechazo a la imposición de cuotas mínimas de presencia femenina en los consejos de administración de las grandes empresas- parece que acepta cambiar de estrategia y hoy valora las recomendaciones de la Comisión.

Cuando presentó este informe la Comisaria de Justicia de la UE afirmó que “la igualdad de género está en el ADN de la Unión” y que alcanzarla era un imperativo. La realidad demuestra que no parece estar grabada en el ADN ni de los ciudadanos, ni de las empresas, ni de las instituciones, pero sí que es un imperativo y que no lo alcanzaremos sin algo más que recomendaciones y llamamientos a las buenas voluntades de los estados y de las personas.

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