¡Aquella sí que era crisis!

Esta modesta columna hace suyo casi todo lo dicho y escrito sobre la persona y la obra de Adolfo Suárez, considerado como el artífice de la transición que liberó al país de la dictadura y como un patriota y hombre de Estado audaz, generoso y leal, que acabó ganándose el respeto y la admiración de la mayoría.
Pero el funeral de Estado que se celebra esta mañana, último acto oficial en su honor, me da pie para hacer unas reflexiones. La primera parte de las palabras del Rey que destacó el ejemplo que nos deja “que es muestra de que juntos, los españoles, somos capaces de superar las mayores dificultades y de alcanzar, con unidad y solidaridad, el mejor futuro colectivo para todos”.
Lo dicho por el Monarca es una invitación a todos a recuperar la autoestima y a sentirnos orgullosos de pertenecer a este país. Porque conviene recordar que veníamos de una dictadura, un mal sueño del que es difícil despertar cuerdo, y cómo estaba la nación: azotada por una grave y conflictiva crisis económica, por el terrorismo de ETA, del GRAPO y de la extrema derecha, los militares soliviantados, sin tradición democrática, tremendas incertidumbres sobre el futuro… ¡Aquella sí que era crisis!. En medio de aquel caos apareció Adolfo Suárez, un dirigente que, con la colaboración de muchos otros y la paciencia de todo el pueblo, fue capaz de “gestionar las dificultades” haciendo frente a situaciones límite. Él supo acabar “legalmente” con lo viejo para alumbrar un país nuevo que pudo incorporar a su vocabulario palabras como libertad, democracia, pluralismo, parlamento y partidos políticos, todos los partidos políticos. Que con aquellos mimbres fuéramos capaces de hacer el cesto de la democracia es la prueba de que “sí se puede”, de que “juntos podemos” superar otros problemas como los que ahora nos asolan y deprimen.
¿Qué hace falta para salir airosos?. La clave -segunda reflexión- está en las palabras del Obispo de Ávila el día del entierro: “Suárez trazo un camino que merece ser continuado”. Esa es la labor de los dirigentes políticos que, sin renunciar a sus legítimos postulados, deben centrar su actividad en anteponer los intereses del país a los intereses personales y partidarios. La continuidad de su obra exige recuperar la actitud de diálogo, la búsqueda del consenso, la nobleza en la confrontación y la valentía para tomar decisiones que son valores y actitudes que recuerdan que “la concordia fue posible” entonces y es necesaria ahora. Es su gran lección.

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