Una provocación

Adolf Todó y Jaume Masana se incorporaron a Catalunya Caixa en 2008 como presidente y consejero delegado y en mayo del año pasado fueron despedidos por el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria -FROB-, el propietario de la entidad, que alegó, entre otras causas, “incumplimiento grave y culpable de sus funciones”.

La gestión de estos ejecutivos arrojó unas pérdidas cercanas a los doce mil millones de euros y el Estado tuvo que inyectar algo más de esa cantidad en Catalunya Caixa, que es la mayor ayuda bancaria en España, superior en proporción a la recibida por Bankia. En cinco años dejaron una Caja arruinada que nadie quiere ni regalada, a miles de personas a la intemperie, sin sus ahorros de toda la vida por el timo de las preferentes, y enviaron al paro a cientos de trabajadores. Todó y Masana recurrieron el despido que un juzgado de lo social de Barcelona declaró improcedente, por lo que obliga a Caixa Cataluña a readmitir a la pareja de banqueros o a pagarles una indemnización de 600.000 euros a cada uno por cuenta del Estado, es decir, por cuenta de todos nosotros. El juez recrimina al FROB por no acreditar la acusación de incumplimiento de los dos ex directivos.

Puede que el FROB haya planteado mal el despido y que la sentencia sea acorde con la legislación vigente. Pero es una sentencia incomprensible, irritante e indecente que, además, abre la puerta a más compensaciones millonarias, como los fondos de pensiones. ¿No es motivo suficiente de despido el desastre financiero causado por su gestión, que destrozó a esa Caja y obligó al Estado -a todos nosotros- a inyectar más de doce mil millones de euros? Por no hablar de otras indecencias, como los pluses auto otorgados aprobados cuando la Caja ya estaba quebrada. Cada día admiro más la serenidad y el aguante de los ciudadanos de este país que ya no se asombran de que responsables del hundimiento de entidades financieras no solo se vayan de rositas, sino que se vayan con indemnizaciones escandalosas. Claro que están acostumbrados a ver indultos a banqueros, comprensión hacia los despilfarradores, sentencias blandas para los corruptos…

Mientras, esos mismos ciudadanos se empobrecen más cada día porque se les recortan los sueldos, se les suben los impuestos, pierden el trabajo y ven mermados los servicios de la justicia, de la sanidad, educación o atenciones sociales. Pero la gota de la indignidad puede rebosar el vaso de la paciencia ciudadana y algún día acabará revelándose de verdad. Porque ya está bien, ya basta de tanta provocación.

José Castro es periodista

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