El día después

Homenajes, manifestaciones, debates, declaraciones… El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, produce un interminable número de actos y eventos para rendir tributo a la condición femenina y en particular a la mujer trabajadora. Cada ayuntamiento, cada universidad, cada sindicato y partido político cubre su minuto de gloria (y de pantalla enprime time) recordando lo maravillosas, lo capacitadas que están para ser igual que los hombres y enumeran las que ya están en el Ibex 35 y las catedráticas, políticasdirectoras generales como ejemplo del avance en materia de igualdad.

Como todos los “día de…” pasadas 24 horas ya nos habremos olvidado –para empezar, porque ya será “el día de otro”- y volveremos a la rutina diaria. Pasó el día y pasó la romería.

Las mujeres, sin embargo, estamos ahí los 365 días del año. Muchas dando la batalla para hacerse oír y ver en sectores donde los hombres copan todos los cargos, todas las responsabilidades.

Que hemos avanzado es evidente. Es que si no fuese así no podríamos jactarnos de vivir en una sociedad democrática, de estar regidos por el llamado “estado de derecho”. Pero no nos basta. No es suficiente. No vale que en las profesiones que van a dar trabajo en el futuro la mujer apenas figure. No vale que esas ingenierías sean mayoritariamente masculinas, porque son ellas las que están creando (y crearán aún más) puestos de trabajo.

Estarán ustedes cansados de las cifras. Llevamos días hablando de lo infra representadas que estamos en todas las esferas de poder. El 8 de marzo es el momento de recordar todas las desigualdades que aún quedan por eliminar, pero desde el día siguiente es necesario ponerse a trabajar y a demostrar con los hechos que todos estamos dispuestos a cambiar las cosas.

Eso significa, por ejemplo, sacar adelante esa tan esperada nueva ley de conciliación. El informe elaborado y aprobado por la unanimidad de los grupos en el Congreso de los Diputados está en el tejado del Ejecutivo y contiene  medidas que podrían suponer un salto cualitativo, como la obligatoriedad para el hombre de asumir la baja maternal o hincarle el diente de una vez por todas al horario intensivo de 9 a seis.

 

 

 

 

 

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