De infarto

No es la primera vez que utilizo esta columna para denunciar las tremendas desigualdades entre hombres y mujeres en Arabia Saudí. Pero la última noticia que nos llega de este país supera con creces mi capacidad de asombro.
En una universidad femenina -obviamente en este país las chicas no pueden compartir estudios con los varones- una joven estudiante de magisterio sufre un infarto. Sus compañeras de clase avisan a la ambulancia y cuando ésta llega, los funcionarios reponsables impiden el paso a los médicos argumentando que no pueden entrar hombres en el recinto y que, además, la chica no está correctamente vestida. La discusión entre los guardias del centro universitario, las compañeras y los médicos dura más de dos horas: tiempo suficiente para que la joven Amna fallezca sin ser atendida.
Habíamos visto hasta ahora la negativa del Gobierno y de la monarquía saudí a que las mujeres de ese país –una de las cuatro últimas monarquías absolutas que aún quedan sobre la Tierra- puedan conducir un coche o ir al gimnasio. Pero ahora estamos hablando de negar la asistencia a una persona en peligro de muerte. Estamos hablando de convertirse en responsables del fallecimiento de una joven, que probablemente estaría ahora viva si el equipo médico hubiese podido acceder al recinto.
Hechos así trascienden con creces la lacra de la desigualdad de géneros y nos adentran en la oscuridad de la ignorancia cuando no de la absoluta crueldad. Ante casos así palidecen problemas allí cotidianos, como el de las rebeldes saudíes que salen a conducir desafiando la prohibición o las que se maquillan y hacen aerobic aunque corran el riesgo del castigo. No. En esta ocasión estamos hablando de que esos funcionarios son responsables de un crimen, de haber dejado morir a un ser humano por las normas que impone una religión. ¿Acaso no está por encima de todo la vida?.
Lo más terrible es que una vez más no pasará nada. Arabia Saudí es un país rico, poderoso, en el cual hay fuertes intereses económicos de unos y de otros y, por tanto, se impone mirar para otro lado. Total, ¿Qué supone la vida de una jovencita en comparación con el respeto a rajatabla de las normas que establecen que no es lo mismo un infarto femenino que el de un varón saudí?.
Las redes sociales han servido esta vez a las saudiés para exigir responsabilidades. Aunque es poco probable que se castigue a los verdaderos culpables. A ese Estado injusto que permite anteponer la sharía a la vida.

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