Samaritanus bonus

El episodio del buen samaritano que relata el evangelio de san Lucas es uno de pasajes bíblicos más conocidos. Es la parábola, como bien se recordará, del viajero que, lleno de compasión,  deja su camino para socorrer a un hombre al que un grupo de salteadores habían dejado malherido y abandonado.

Se trataba probablemente de un comerciante que hacía la ruta de Jerusalén a Jericó y que, como samaritano que era,  no pertenecía a la comunidad solidaria de Israel y no tenía por qué  ver en la víctima del asalto a su prójimo. Pero al que se le “conmovieron las entrañas”.

La figura de ese buen hombre  es la que ha dado título –“Samaritanus bonus”- y significado doctrinal  a la Carta aprobada en junio último por el papa Francisco y hecha pública el martes pasado por la Congregación para  la Doctrina de la Fe sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Un extenso documento  que va más allá de reiterar la condena de toda forma de eutanasia y suicidio asistido y hace un más novedoso hincapié en el acompañamiento y cuidado integral del paciente que sufre.

Y lo hace en un momento caracterizado por un contexto legislativo internacional  cada vez más permisivo –en nuestro país, sin ir más lejos- en cuestiones relacionadas con el fin de la vida y cuando ésta se encuentra  lastrada –en expresión tan repetida por el papa Francisco-  por la llamada “cultura del descarte”.

Doctrina de la Fé destaca que no existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia. Ni tampoco al llamado aborto preventivo. Nunca es lícito colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones. El derecho existe –dice- para  tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres; no para causar la muerte.

Sobre el acompañamiento al enfermo, el prefecto del referido dicasterio pontificio, el jesuita cardenal Ladaria, señaló en el acto de presentación del texto que todo paciente tiene necesidad no sólo de ser escuchado, sino también de comprender que su propio interlocutor “sabe” qué significa sentirse solo, angustiado ante la perspectiva de la muerte y que le hace tenerse como una carga para los proyectos de otras personas; un componente éste muy humano que no cabe descuidar.

Por esta razón, y aunque son muy importantes y están cargados de valor, los cuidados paliativos no bastan si no existe ese alguien  que “está” junto al enfermo y le da testimonio de su valor único e irrepetible. La responsabilidad hacia la persona enferma significa asegurarle el cuidado hasta el final y de forma integral; esto es, garantizando el apoyo físico, psicológico, social, familiar y religioso.

El documento rememora las palabras de san Juan Pablo II (marzo 2004): “Curar, si es posible; cuidar siempre”. Y esta intención –añade-  ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”; incurable, que no es nunca sinónimo de “in-cuidable”.

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