Arraigo sobre el alambre

                Es el título del estudio promovido por Cáritas Española y la Universidad pontificia Comillas en el que se analizan los resultados de un encuesta estatal llevada a cabo por ambas instituciones para evaluar cuál ha sido en la última década el proceso de integración de los casi ocho millones de habitantes (16, 32 por ciento de la población total) de origen inmigrante que viven en España.

                Elevado arraigo social, pero muy bajos niveles de integración económica y laboral. Es una de las principales constataciones de la investigación. Se trata de una migración que desde que llegó no se ha ido; que ni siquiera en los años más duros de la crisis pensó en salir de forma masiva y que está dispuesta a quedarse aquí. Y es que los procesos de arraigo siguen fortaleciéndose.

                Esto es: aun cuando la población inmigrante lleva muchos años conviviendo en nuestro país (13 años de media y el 75 por ciento, más de diez años), con fuerte asentamiento familiar y dominio del idioma; con uno de cada cuatro matrimonios mixtos, tal colectivo sigue ocupando los peores puestos de trabajo y las menores retribuciones por ello.

                La población de origen inmigrante ocupa en mayor medida puestos en los sectores más precarizados y en los escalones más bajos del mercado laboral. En consecuencia, obtiene unos ingresos medios muy por debajo de la media nacional, lo que genera en la mayoría de ellos gran inestabilidad vital y material.

                Se refuerza así una de las alertas ya señaladas en el VIII Informe Foessa, donde se indicaba que la tasa de exclusión entre los no nacidos en España es más del doble que entre los españoles de nacimiento. Y son las mujeres inmigrantes las que en mayor medida encarnan esta paradoja, al presentar los índices de arraigo más altos y las situaciones más severas de segregación económico laboral. Y no sólo se ven negativamente afectadas por procesos de discriminación étnicos, sino también por procesos de desigualdad basados en género.

Estamos, pues, ante un arraigo intenso, segregado y en precario y ante una profunda asociación estructural que, necesariamente, cambia los términos del debate público, ya que hablar de inmigración hoy día es, sobre todo, hablar del desarrollo de nuestra propia sociedad.

                Así las cosas, las políticas migratorias ya no pueden ser sólo unas políticas humanitarias o sólo sectoriales destinadas a un colectivo social específico, sino que necesitan convertirse en políticas de Estado “para todos”, con tres ejes centrales:

                Primero.- Un nuevo relato sobre la POI (Población de Origen Inmigrante)  que abandone ciertos lugares comunes donde se presenta a los inmigrantes como el otro, extraño y amenazante, y se atreva a visibilizar la profunda diversidad étnica y racial del país, convertida en dato irreversible de la vida cotidiana.

                Segundo.-  Un impulso a la cohesión social con el fin de revertir ese precariado que se ha instalado como horizonte vital de los amplísimos sectores populares españoles, formados tanto por población nativa como de origen inmigrante.

                Tercero.– Políticas destinadas a la gestión de esa creciente diversidad étnica y social de nuestra sociedad; políticas necesarias para construir el país diverso que ya somos  y que vamos a ser en los próximos años.

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