La singularidad de la mayoría

Se le atribuye a Hipatia de Alejandría, pionera de entre las mujeres en el mundo de la ciencia, aquello de que “la verdad no cambia porque sea o no sea creída por la mayoría de las personas”. Partiendo de esta base, debería existir una esencia, pongamos que supranatural, para huir de cualquier suspicacia, que regulara la sobreinformación diaria a la que nos somenten los medios de comunicación, las redes sociales, los grupos políticos, las entidades sanitarias internacionales y hasta familiares y allegados con los constantes “whatsappeos” en el móvil. Cualquiera de nosotros al finalizar el día, y desde esa costumbre tan maternal de hacer resumen de lo vivido y acostar nuestra cabeza bajo el manto del descanso silencioso, tratamos de retener y encajar las piezas del ruido incesante que se entremezcla en un barullo sin fin de lo que pasa y, peor aún, de lo que puede pasar. La estridencia comunicativa deteriora ampliamente estos tiempos tan extraños que nos llevarán, irremediablemente, a un nuevo tiempo para seguir existiendo en este planeta que parece jadear ante nuestro cautiverio obligatorio. A pesar de las buenas palabras de la maestra alejandrina, los responsables de promover el debate de nuestros días y nuestras noches, esos todólogos que por ciencia infusa tanto alardean de sabiduría universal, siguen basando su histrionismo en lo que piensa la mayoría, o mejor dicho, lo que ellos intuyen y atribuyen a pesar de no tener ni un solo dato matemático al respecto. Esa necesidad de decir lo que uno piensa pero arrogándose el apoyo postizo de lo que piensa el gran público, la multitud. Posiblemente sea la forma más cobarde de seguir opinando desde postulados oportunistas para intentar convencer de las medias verdades y continuar  palabreando medias mentiras.

A día de hoy, nuestra existencia planetaria gira alrededor de la pandemia coronavírica, que reina en todos los aspectos de nuestra vida. Desde las relaciones sociales hasta nuestro frágil futuro económico. Salimos de nuestras casas con la esperanza de no tener ningún encontronazo con el etéreo enemigo para caminar hacia ese incierto venidero adelantado a nuestra vista.

Y a pesar de contar con fuentes oficiales, opiniones científicas, expertos virólogos, médicos, técnicos sanitarios, bioquímicos y tantos otros profesionales más, lo cierto es que todo dependerá de la responsabilidad de cada uno de los individuos que pisamos las calles que nunca fueron nuestras.

Mientras tanto, contamos con el estupendo entretenimiento de la política nacional. Desde el chascarrillo de las redes sociales, subiendo y bajando mensajitos bananeros, pero muy en la línea de los dimes y diretes del arco parlamentario. Nos deberíamos merecer algo más que el slogan o la consigna de cuatro líderes para asumir que ninguno de ellos cuenta con la verdad a la que tanto abrigaba con sus palabras nuestro Machado del alma.  Especialmente porque la certeza queda, a fin de cuentas, oculta entre las aguas de quien necesita convencer sin el aval de estar en la realidad. Será porque la búsqueda de exactitudes siempre ha quedado en la soledad de los individuos.

A pesar de todo, mantenemos la respiración entre balcones de solidaridad y pisadas recelosas de mañanas. Una vez más, dependerá de nosotros mismos la superación de este vivir que, como todo tiempo pasado, tendrá sus flaquezas pero también sus oportunidades. Ya lo decía la maestra Hipatia a sus alumnos : “Conserva celosamente tu derecho a reflexionar porque incluso el hecho de pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto”. Puede ser la oportunidad para dilatar sendas que escudriñen discutidas verdades que nos reubiquen en esa mayoría que sigue mirando a los ojos de la gente.

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