Nos faltan los poetas

Se preguntaba Denis Diderot, allá por el 1760, que “¿Cuándo veremos nacer poetas? Después de grandes desastres y grandes desdichas, cuando los pueblos comiencen a respirar, y las imaginaciones excitadas por espectáculos terribles, se atrevan a pintar cosas que ni siquiera podemos concebir los que no hemos sido testigos de ellas”. El enciclopedista francés sabía de esa necesidad de reflexión sutil, equilibrada, hasta con belleza expresa para llegar a contar lo peor de nuestras pupilas o el tacto áspero de las desgracias que nos rodean.

Y en esto debemos estar, a la espera como la buena de Penélope, sentadita en el bando del andén, con la mirada inquieta rebuscando cierto equilibrio en tanta prosa vacua que nos acribilla en estos tiempos malhadados.

Jugamos a las batallitas conspiranoicas entre brigantes de atalayas que escupen demasiadas mentiras, esas que solo recibimos los de abajo mientras miramos perplejos el encaro de altos atriles.

Lo malo de todo ello es que nosotros, los que seguimos minando el camino vil de esta vida circular, por aquello de nacer, crecer, desarrollarse y morir, empezamos a acostumbrarnos a este salpicadero de frases hechas o calificativos estereotipados que dejan vacío cualquier argumentario creativo de un discurso que ayude a respirar tras las desdichas tan próximas y cercanas que vivimos.

Algo habremos aprendido de esta especie de catequesis en la que nos ha sumido esta pandemia mundial que tanto nos despreocupó en sus inicios por su lejanía, reconfortados, como estuvimos, en nuestra holgura ahora develada ficticia; y que tampoco fue motivo de excepción que viéramos acortadas las distancias con otros países mucho más aledaños para cambiar nuestro modus vivendi. Lo interesante es que a día de hoy, y dependiendo de donde tengamos asentada nuestra vida, hay quien sigue convencido de que todo esto no tiene mucho que ver con nosotros aunque siga existiendo el contagio discreto en territorios de nuestro país, percibidos como una suerte de minichinas alejadas de nuestra particular cotidianeidad. Cierto es también que pocos mensajes públicos robustecen la cooperación y la complicidad con la colectividad que somos, a excepción de algún verso libre que siempre podrá ser embestido por alguna de esas soflamas imperiales de nuestros expertos a posteriori.

Y así navegamos, con el viento a barlovento de todo lo que se dirime en la gran Europa y en el mundo, sin tener muy claro hacia que sotavento nos llevará. Sin embargo, tendríamos que empezar a fijar nuestra mirada en los movimientos que comienzan a deslizarse entre los bloques de poderes para evidenciar de que lado está cada uno. Nos podría dar una visión cierta, a falta de poetas, sobre las posiciones de unos y otros más allá del mirador desde donde nos aleccionan.

Tal vez, como decía el padre de D’Artagnan, “el orgullo de quienes no pueden edificar es destruir”. Algún pecado estaremos expiando mientras cojea la certeza de los hechos que siguen transitando a nuestra vera. Tal vez hemos olvidado en el banquito del andén el relato lírico de nuestras realidades, para seguir creyendo, a pies juntillas, en el enredado gargajeo de tanta asechanza.

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