Los hombres insensatos

Ya lo recordaba el dramaturgo y poeta alemán Johann W. Goethe cuando calificaba de insensato al hombre que dejaba transcurrir el tiempo estérilmente. Y en esa insensatez parece que nos hemos acostumbrado a establecernos a pesar de este ritmo pandémico global que sigue atropellando los ritmos vitales de muchos y la precariedad de otros muchos más.

Pese la situación que seguimos sufriendo diariamente, y tras salir sonrientes a esa nueva normalidad con los brazos abiertos al verano, nos volvemos a encontrar en el asfalto frío que nos recuerda que la economía sigue mirando de reojo a nuestra frágil salud pública.

Tampoco hemos mejorado nuestra capacidad de reflexionar sobre lo que estamos viviendo. Regresamos a la palabrería barata de quién lo hace peor, dejando por el camino la responsabilidad comunitaria de encontrar posiciones constructivas que conformen esa plataforma para obtener la efectividad deseada. La colorimetría de nuestros gobernantes, en cualquiera de las instituciones que nos regulan en este pasar por la vida, se sirve de la justificación tan estéril de culpar a los otros porque son, simple y llanamente, los contrarios a los nuestros. Toda una simpleza que adornan los nuevos pensadores apocalípticos que siempre han participado en el fluir de la historia. Todo un cúmulo de clanes que solo representan a una parte muy pequeña de la sociedad en la que vivimos.

Este año será siempre el que antes quisimos quitarnos de encima. Unos, por las pérdidas personales, dejándonos esa incertidumbre tan vital por saber si verdaderamente era la hora de su marcha. Otros, porque sus pronósticos futuros quedaron paralizados en una incertidumbre letal que diariamente se enreda más entre el miedo y la desesperanza. Y los demás, porque comprendimos que por encima de todo sigue existiendo la guerra fraticida entre la inepcia de los acrónicos bandos.

De alguna manera hemos dejado que nos vendan diariamente el mensaje irritante de las medias verdades y las entumecidas mentiras de siempre. Nos hemos acostumbrado a la irrelevante doctrina del acecho partidista, olvidando las obligaciones de aquellos que llamamos representantes públicos. Y como resultado tenemos los grandilocuentes titulares marcados por la necedad facilona de los 40 caracteres en negrita con los que se abrirá la información que nada tendrá de validez para los operantes ciudadanos.

Llegamos sigilosamente al último trimestre de este deteriorado 2020 al ritmo destructivo de la fiesta sectaria sin observar con meticulosidad lo que nos viene encima.

Demasiadas sospechas sobre la gestión de las circunstancias que tenemos y sus posibles soluciones, excediendo en tiempo perdido para seguir transitando por detrás de los remedios. En resumen, nos hemos acostumbrado a que la política desactive sus principios imprescindibles para quedarse en la camorra diaria de cualquier tertulia televisiva. Posiblemente, todos y todas nos merezcamos algo mucho mejor, especialmente porque seguiremos dependiendo de la importancia de que unos pocos no sigan perdiendo su tiempo a costa del nuestro. Más que nada, porque de esa coyuntura pública puede depender nuestra propia existencia.

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