El triúnfo de la hipocresía

Decía Ortega y Gasset que “hay tantas realidades como puntos de vista y el punto de vista crea el panorama”. Un escueto resumen de todo lo que hacemos cada día en nuestra mirada al mundo que nos espera, en las calles que transitamos, unas veces con descaro socarrón y otras con metodología ideológica. Si nos centramos en nuestro país, base de nuestras penas cotidianas, la imagen no constituye ningún aliciente para los cien senderos que pisamos con cada tranco que damos. Y es que esto de recorrer la vida se nos hace demasiado entrañable con el pasado, perdiendo la perspectiva de un futuro que seguimos viendo de reojo y con ese espíritu de revancha que siempre se utiliza por parte de los que no saben perder, ni ganar. Durante el confinamiento llenamos de canciones el espacio público perdido, aderezados de aplausos a quienes casi perdían su vida y su salud en favor de toda la ciudadanía. Reinventamos los balcones para darle un halo de esperanza a estos tiempos oscuros porque, al fin y al cabo, el suspiro de vivir sigue siendo imprescindible para cada uno de los seres humanos. Mientras en otros países se centraban en unir esfuerzos para luchar contra ese enemigo invisible que sigue acechando detrás de cada esquina, nuestros políticos comenzaron la partida amenazante que Gasset bien calificaba de elección imbécil, esa elección de bandos que formalizan esa hemiplejia moral situándonos en los extremos, de tal manera que pensar diferente anula cualquier posibilidad de observancia y aprendizaje precisamente de aquellos que no piensan igual que uno. Malos juegos que llevamos aguantando demasiados meses sazonados por campañas de acoso y derribo que sufriremos, finalmente, los que formamos ese público social que espera el final de este esperpento. Nuestro país siempre ha necesitado de las contradicciones presentes para justificar demasiados pasados. Y en esa actitud siempre nos ha quedado descolgado el futuro. Somos una sociedad de banderías que prefiere rezumar odios para seguir justificando errores de los nuestros. Utilizamos la suma de lo que hemos sido, olvidando lo que queremos ser. Y como no podía ser de otra manera lo que se exigía hace un par de meses sirve de mismo argumentario para cacarear lo contrario en estos días. Lo que era necesario para salir de un estado casi totalitario, según algunos, se convierte ahora en el razonamiento imprescindible para reclamar nuevamente mandos únicos a los que lanzarles el lazo de la responsabilidad. Defendemos la federación administrativa de nuestros territorios, como gestión cercana a la ciudadanía, pero si las cosas van mal apremiamos a los de arriba para que reciban el palo mediático. Mientras tanto los medios de comunicación seguimos esa alarmante estrategia de devastación total amparada entre declaraciones interesadas de unos y otros. Todo un acicate para seguir hinchando la pelota en las redes sociales donde comienza a ser insufrible la desolladura de trincheras entre desinformaciones de todo tipo. Y así nos encontramos, entre el miedo a una situación que, nuevamente, parece descontrolada, pero bien condimentada de posiciones de política arcaica y alejada de su objetivo de organizar esta polis que nos devora. Tal vez sea como decía Moliére, amante de hacer reir solamente a la gente honrada, “No es solamente por lo que hacemos, sino también por lo que no hacemos, que somos responsables”. De alguna manera, será que una vez más la hipocresía está de moda.

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