El mentiroso y el cojo

Es cierto que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Simplemente porque es una cuestión de naturaleza. El cojo conoce a la perfección su debilidad y para escapar utiliza artimañas ingeniosas muy practicadas. El mentiroso suele ser un oportunista de la palabra o del concepto, a veces es compulsivo, y por lo general la acumulación de falsedades en su cerebro acaba por confundirlo a sí mismo. Así, mientras más corre, antes cae en sus propias trampas. Este axioma debieran de tenerlo como enunciado de cabecera todas las personas que se dedican a la política y, especialmente, Pablo Casado empeñado, desde que perdió las elecciones frente a Pedro Sánchez, en demostrar que el presidente del Gobierno miente cada vez que abre la boca.

Es bien cierto que en todo este proceso de la pandemia, Sánchez ha ninguneado a Casado. Y ahí lo tenemos a cualquier hora del día, de tribuna en tribuna, llorando porque no le llama por teléfono, como un amante despechado, o lamentándose por no pedirle consejo y sí consenso, de ponerlo entre la espada del patriotismo solidario y la pared de Vox, de puentearlo informando y acordando antes con los presidentes autonómicos que con él mismo, de explicarle las acciones después de comunicarlas en rueda de prensa a la ciudadanía y, ahora, llegados los momentos de la descomprensión Sánchez desciende escalones de complicidad y, esgrimiendo el valor de la sinécdoque utiliza este tropo para darle protagonismo a las provincias. Un empleo de la parte por el todo donde Casado, ya perdido de por sí, no alcanzará a dominar ni un kilómetro cuadrado de la situación.

Yo aprendí, cuando soñábamos con la llegada de la democracia, que un estado democrático es aquel en el que se confrontan las ideas e ideologías pero también en el que se alcanzan acuerdos y se pacta para conducir al país de forma civilizada y en paz. Paz, incluso dialéctica. Sin embargo, desde el “váyase usted, señor González” a nuestros días, el concepto de pacto se ha convertido, para el imaginario de muchos, en el “Cuadro de la las lanzas” de Velázquez, en la rendición de Breda. Y así no es de extrañar que el presidente del Gobierno ignore a un jefe de la oposición quien todo lo suyo, incluso el color de la corbata, lo considera falso e inventa para ello mentiras sobre mentiras. Como es, por ejemplo, acusarle de llegar tarde a la prevención de la pandemia cuando en febrero lo acusaba de precipitarse por cancelar el Mobile Congress o la presidenta del PP de Madrid se negaba a confinar a los ciudadanos madrileños, o cuando niega que las residencias de ancianos sean de competencia autonómica o municipal, para torticeramente confundir las cifras de fallecidos, o esgrime un artículo periodístico de las antípodas dándole categoría de informe científico para descalificar las estrategias de los “presuntos” expertos… Con la suma de mentiras desmentidas puede el equipo de Casado confeccionar un rosario, que las mentes lúcidas del PP debieran obligarle a rezar, sin saltarse una sola cuenta, todas las noches antes de retirarse a dormir.

Y permítanme, dada la larga suma de falsedades aireadas, aconsejarles que utilicen el rosario budista japonés de 112 cuentas, que simbolizan otros tantos pecados de la raza humana. Y, además, déjenme asegurarles que si tuviéramos un jefe de la oposición cojo la política nacional resultaría más creíble y más útil socialmente. 

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