La salida de España del Rey honorífico tiene pinta de ser un paripé de efectos calculados

La temporal retirada del rey honorífico de España del territorio nacional (me parece una frivolidad y falta de respeto a los españoles que realmente pasaron por ese trance llamarlo “exilio”) merece a mi entender situarla dentro de tres ámbitos: el motivo que al viaje provoca, su propia naturaleza, dada la vida ordinaria de Juan Carlos I, y la cuestión de fondo de sus propias responsabilidades como ciudadano, aunque sea aforado.

Un decidido partidario de Juan Carlos, el británico Tom Burms Marañón, nieto del doctor Marañón escribe (La monarquía necesaria, Barcelona, Planeta, 2007, pág.14): “El enorme caudal de aceptación popular de que había gozado Juan Carlos I fue puesto repetidamente en riesgo por la propia actitud, no siempre responsable del monarca y su entorno. Pese a los intentos de evitarlo y el tratamiento discreto de los medios de comunicación no siempre lo edecanes del monarca lograron que determinados hechos dejaran de trascender, de suerte que la prensa española no tuvo más remedio que hacerse eco de lo que en tal sentido había publicado la extranjera”.

En las redes sociales, sus defensores se han lanzado en masa a recordar sus servicios al país y su derecho a la presunción de inocencia, obviando los motivos que aconsejan a su salida para evitar negativas repercusiones sobre la Corona. No deja de ser curioso que se pase por alto que el primero en reconocer, distanciarse y curarse en salud sobre la conducta del rey honorífico fue su propio hijo y sucesor, que cuando tuvo noticia de sus trapicheos y fundaciones en paraísos fiscales, acudió a un notario a anunciar que se proponía renunciar a la herencia que pudiera corresponderle y a todo beneficio o rédito de sus fundaciones y trasiego de fondos en el extranjero, consecuencia de donaciones o regalos de amigos de su padre. Y por si fuera poco, le retira el sueldo.  ¿Si esto no es reconocimiento de culpa, aunque sea ajena o paterna, cómo llamarlo?
Y como es lógico, porque esto no se improvisa, hubo de diseñarse la fase siguiente: alejar a Juan Carlos del primer plano de los focos mediáticos y de la opinión pública, presentando como una novedad lo que realmente es la actual forma de vida cotidiana, desde que abdicó del mal llamado “rey emérito”. Se complicó el caso por la revelación de lo que viene largando la más famosa de sus barraganas o mancebas que de este modo se llama en castellano a las damas de lance que hacen su papel. (Ya dice la vieja conseja del castellano: “No fíes de barragana”).

Juan Carlos ha dicho a sus personas de confianza, que se va por un tiempo o para volver. De ordinario, pasa tres cuartos de su tiempo viajando. Ha recorrido más de 200.000 kilómetros desde Arabia Saudí, Estados Unidos, México, Emiratos Árabes, Bahamas, Marruecos y otros destinos, pero siempre de fiesta en fiesta.  Desde que dejó el cargo, el rey honorífico Juan Carlos I, los medios se dedicaron a reflejar su vida de asueto que, inevitablemente, recordaba el “exilio dorado” de su abuelo Alfonso XIIIl´.

Y está el asunto de las comisiones, las fundaciones, los trasiegos de fondos en paraísos fiscales, sus relaciones con la falsa princesa Corinna y, en suma, un comportamiento nada ejemplar con relación a sus alusiones repetidas en sus últimos mensajes sobre Rey sobre la moralidad pública. Es posible que, caso de que tuviera que declarar, como todos los ciudadanos sus incrementos de patrimonio, el asunto haya prescrito y Hacienda no pueda exigirle el pago de los impuestos correspondientes, como hace con cualquier vecino. 

Pero es que, además las comisiones por la llama renta del petróleo es un asunto viejo, y en cierto modo aceptado, desde tiempos remotos, sobradamente demostrado y probado. El catedrático de Economía, Roberto Centeno, consejero de CAMPSA reveló que el monarca y su amigo Manuel Prado y Colón de Carvajal cobraron una comisión de entre “uno o dos dólares” por barril de petróleo que compraba el erario público de España en los países árabes. Centeno hizo cálculos de cuanto se llevaba el rey Juan Carlos, información que él conocía porque era precisamente el encargado de pagar los suministros por su responsabilidad en CAMPSA. Debido a la “intermediación” de Manuel Prado y Colón de Carvajal (que acabaría en la cárcel por otro episodio), por encargo de Juan Carlos, España pagaba el petróleo más caro, ya que ambos se llevaban una comisión. 

Los episodios que vivimos estos días en realidad vienen a ser como el final de un ciclo que se inició en noviembre de 2011 cuando la prensa española dejó de mirar para otro lado, la imagen de Juan Carlos I y sus andanzas se resintió hasta llegar al presente. La crisis no es de ahora. Viene de atrás.  Con su abdicación se pensó conjurar los efectos de su conducta. Pero es evidente que no se logró. Ahora se retira del país. Ya veremos con qué resultado. En resumen, se está magnificando el viaje de Juan Carlos y su temporal alejamiento del país. Lo más curioso de este episodio no es sólo la defensa cerrada que los partidarios de Juan Carlos I mantienen obviando su conducta. Y se amparan, como el propio Juan Carlos hace su carta en la que anuncia que sale de viaje, en que son asuntos privados, del pasado, sin considerar, como ya hizo en otro caso, “que se había equivocado”. Por lo visto esta vez no. Son los otros los que hurgan en su vida privada. 

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