En busca del sabio loco

A  pesar de la nueva o futura normalidad, este mes de agosto es tan nuestro que el que más y el que menos centellea de veraneo insaciable en nuestro país. Tanto es así que, finalmente, desde la clase política, gobiernos y hasta eméritos han puesto pies en polvorosa como quien mira hacia otro lado ante la escena más tensa de un thriller cinematográfico. Y es que los seres humanos necesitamos de resortes para huir de esas realidades que como encrucijadas tratan de romper nuestro camino y esfuerzo vital. Es la diferencia con otros organismos, incluyendo los ya tan conocidos virus, que su constancia los hace sobrevivir a todo y a todos. Posiblemente este mes tan estival va a convertirse en la punta angular de nuestras propias vergüenzas. Reconozcamos que nos hemos cansado de ser disciplinados ejerciendo la responsabilidad individual ante esta pandemia que, por su puesto, no sabe de descansos ni veraneos. Nos cuesta hasta mantener la boca tapada y pensar en el que tenemos en frente y en las consecuencias que le pudieran acarrear.

Decía el estadista Wiston Churchill que «El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes», una buena forma de prevenirnos de los actuales influencers, verdaderas máquinas para el endeble debate actual. Tan impregnado todo, que hasta los medios de comunicación juegan a la inmediatez explícita, aunque, implícitamente, se degrade la información veraz con la exquisita gota vital de la aparente autenticidad. Gracias a ello, llevan buscando a quien reinó este país más de cuarenta años como si de un juego de mesa se tratara. En ese camino, queda atrás la gravedad de los hechos que se mantienen en manos de la responsabilidad jurídica. Nos sigue encandilando mirar hacia el otro lado de la realidad para seguir jugando en nuestro ovillo ideológico y hasta preocuparnos si alguien se hace una coleta o se planta un moño. Toda una categoría para seguir soflamas grandilocuentes que se multipliquen por cada uno de nosotros, olvidando la utilidad de nuestros actos.

Mientras tanto, esta sociedad tan capacitada en formas seguirá al líder que mejor le convenga para continuar en la guerra de culpabilidades como si de un pozo sin fondo se tratara.

Seguimos en una pandemia histórica, con las consecuencias económicas que todavía tan solo han iniciado el caminar angustioso del tiempo, para procurar el slogan más victorioso y conseguir un sonoro brindis en la barra del chiringuito de turno. Así quedarán atrás las causas y los orígenes, las decisiones y las indecisiones, las soluciones y el descrédito social. Porque para culpabilidades siempre andamos prestos. Miramos a los jóvenes porque desautorizan sus acciones, pero callamos ante la responsabilidad de aquellos que gestionan el ocio nocturno. Repudiamos la mano de obra barata porque conforman un riesgo de contagio, pero aceptamos las infames condiciones laborales por las que vienen a trabajar. Pedimos gestión coordinada sanitaria pero silenciamos aplausos ante la situación actual de la sanidad primaria, que empieza a ser más parecida a un call center. Nos hemos convertido en importantes boots baratos para dejar de ser útiles socialmente en nuestro empeño colectivo.

De alguna forma nuestro hacer siempre deriva, como decía el científico y escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg, en que «Vivimos en un mundo en el que un loco hace muchos locos, mientras que un sabio hace pocos sabios». Menos mal que, probablemente, en el peor de los momentos contaremos con el imprescindible sabio loco que nos haga volver a casa y ser útiles, aunque sólo sea para los nuestros. Tal vez, ese sea el principio de algo bueno.

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