El Rey que rodó

Juan Carlos I ha seguido los trillados pasos de la historia de la monarquía moderna en España. En la lista de Borbones reinantes hace el número diez y, desde la “restauración” de la mano del dictador, muchos creímos que había roto el maleficio de sus antepasados. Se había quebrado la línea sucesoria y continuadora directa, ya que su padre, Juan de Borbón rey in péctore y nacido exiliado, era el sexto hijo de Alfonso XIII. Juan Carlos dio muestras de buen hacer político y se le perdonaron las veleidades, propias de su estirpe, en los juegos de cama, fiestas de amigos y otras francachelas. A la postre se decía -en este país de mantilla y procesiones, levítico y republicano al mismo tiempo- es Borbón y humano. Incluso, cuando culebreaban los rumores por las esquinas, se hacía la vista gorda sobre el pecado venial de los negocios. En definitiva, todos queremos vivir bien si con ello no hacemos mal a la comunidad. Pero ahora sabemos que los tejemanejes del monarca no solo llenaban su bolsa sino que, además, presuntamente defraudaban al fisco y, por tanto, al pueblo español.
Juan Carlos ha rodado arrastrado por los males de su sangre y por los vicios de una institución incapaz de desprenderse de los hábitos medievales, sobre los que se sostuvo hasta estos días, en los cuales el monarca constitucional ha puesto pies en polvorosa, como hizo su abuelo al triunfar la II República. La diferencia está en que a aquel lo exilamos los españoles y a este aún no sabemos quién le ha puesto la proa, primero para que abdicara y segundo para marchar “de vacaciones” al extranjero. Y es aquí donde se desvela una vez más el funcionamiento anacrónico de la monarquía española. ¿Desde cuándo una sucesión de amantes del Rey y una caza de elefantes son motivos para generar una abdicación? ¿No suena más a conspiración de palacio que a causas de alta política? ¿Hasta dónde un lio de faldas trasciende más allá del habitual conflicto familiar? Habrá que ahondar en esos argumentos para retratar nuestro caso, con más pinta de novela, al estilo de “El Rey pasmado” de Torrente Ballester, que de crónica histórica seria.
Fíjense en el último teatrillo del asunto. Los presuntos escándalos monetarios del monarca estallan como fuegos internacionales de san Juan y su hijo, Felipe VI, lo castiga sin sueldo como a un adolescente díscolo, pero le permite vivir en la casa donde no se lleva con mamá. No obstante, a medida que el ovillo, tanto tiempo silenciado, se va deshaciendo, al nuevo Rey y su Reina, no se les ocurre mejor cosa que darse un paseo por toda la geografía, tal como instauraron los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, y luego siguieron los Austrias y Borbones, con el fin de que los súbditos los conocieran en persona, aclamaran y amaran. Acto seguido el soberano emérito se marcha con nocturnidad y desconcierto. Argumento para un sainete de Arniches.
El Rey rueda y la preocupación inducida general es preguntarse, ¿a dónde va y de qué va a vivir? Entonces en el escenario aparecen mansiones de amigos dispuesto a acoger al caminante y su voluntad de someterse a la ley nacional. ¿Acaso Juan Carlos no tiene conocidas posesiones en el extranjero? ¿No es cierto que se le calcula un capital superior a los dos mil millones? ¿A qué viene ese papel de holandés errante? ¿La trama de palacio ha decidido buscar imágenes que inciten al perdón popular y con ello salvaguardar el reinado de Felipe? Nuestra monarquía no es de este mundo.

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