Pioneras del deporte femenino

De la misma manera que pude disfrutar el segundo baloncesto ourensano, pude ver esporádicas muestras del primer basket practicado por féminas: por evidentes razones de edad. Era aquel deporte de los años cincuenta; no llegué al primer basket de los años cuarenta traído por los militares catalanes, porque era demasiado pequeño y no tenía aquellas curiosidades deportivas todavía. Sin embargo, de la misma manera que conocí el baloncesto en las canchas de Salesianos y del Instituto (Pompeo) llegué no sólo a ver el baloncesto femenino que se jugaba en Carmelitas, sino hasta a arbitrarlo en mis primeros tiempos de colegiado.

Aunque en realidad las primeras veces que veía deporte jugado por mujeres fue precisamente en nuestro Puente Canedo, y en la finca La Tapada, propiedad de uno de los alcaldes pontinos, el señor Abeijón. Claro que hay que reconocer que a lo mejor no era la práctica deportiva solo lo que reclamaba nuestra atención, la de un buen puñado de mozalbetes pontinos, aunque fuéramos menores que ellas. Más bien era el bonito conjunto que hacían esas muchachas, raqueta en mano, que buscaban afanosamente la pelota y la impulsaban sobre la red, a la vez que estéticamente era bonito verlas tan atractivas, con sus falditas cortas y hasta, muchas veces, por el empeño que ponían en su juego, llegaba a vérsele su ropita más íntima, dejando al descubierto la piel lisa y sana de aquellas singulares deportistas. 

Eran unos momentos en que, como decíamos, las chavalas no hacían deporte. Ni tan siquiera natación. Recelosas, pudorosas, no exponían sus extremidades a la vista de los demás y principalmente los jóvenes del sexo opuesto que, claro, nos entusiasmaba verlas. Aida Vázquez, por ejemplo, una de ellas, que había llegado a Ourense procedente de su Chile natal, de ascendencia ourensana, una de las pocas figuras de nuestro tenis, confesaba en una entrevista que le hice hace años que a ella le sorprendía cuando desde su casa próxima al Miño, entre los puentes Nuevo y Viejo, bajaba a darse un baño, despertara tal expectación y la miraran con una mezcla de recelo y sorpresa; pero ya no sólo cuando surgían en traje de baño, simplemente cuando con sus amigas paseaban en bicicleta, les chillaban, le decían cosas y, sorprendente, hasta había quien le tirara piedras.

Yo puedo deciros, por ejemplo, que un día arbitrando en Carmelitas un partido de baloncesto, una de las chavalas tropezó, cayó, y se golpeó en un muslo. Paré el partido, fui hacia ella, en el preciso momento que levantaba la faldilla y descubría la pierna para ver qué tipo de daño se había hecho. Al darse cuenta que estaba no el árbitro, sino un señor allí, y se agachaba para interesarse, pegó un grito y bajó “ipso facto” enérgicamente la ropa como diciéndome: “¿Y tú que miras?”. Vamos, que me tuve que ir con el silbato a otra parte.

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