Lo que debemos oír

Los verdaderos amigos son aquellos que nos dicen lo que debemos oír, que muchas veces está lejos de lo que “quisiéramos” oír. Es, la corrección fraterna, algo que engrandece a quien la hace y de igual modo a quien sabe aceptarla con la humildad necesaria. Recuerdo que cuando Filgueira Valverde me hizo el prólogo de un libro que publiqué, en su casa de Pontevedra, al acabar de escribirlo hice ademán de recogerlo. Y ahí me dio un consejo que siempre trato de seguir. Me dijo Filgueira: “Cuando escribas algo, deja que repose, y si tienes a alguien al lado, que te lo lea antes de publicarlo. Muchas veces escribimos una cosa y decimos en el mismo texto algo contrario a lo que queremos transmitir”. Sinceramente, cuando escribo procuro buscar a alguien que lo lea y me dé su parecer. Y en más de una ocasión me han corregido contenido y estilo. Recuerdo una vez que uno me dijo: “¿Te das cuenta de que aquí has escrito lo contrario de lo que quieres decir?”. Era verdad.

La corrección fraterna es un tema delicado que todos, sin excepción, debiéramos asumir. Incluso cuando se trata de indicar algún error a nuestros superiores. Algo que a veces cuesta disgustos y, si el que dirige es incapaz de reconocer sus errores, mal irá la cosa. Recuerdo una ocasión en la que un superior iba a tomar una decisión que a mí me parecía un error. Se lo dije y le pareció fatal. Pero pasado un año me llamó para pedir perdón y decirme que tenía razón. Todos, en la vida diaria, metemos muchas veces la pata y es necesario que los verdaderos amigos nos corrijan, y debemos aceptarlo de buen grado.

Claro que también existen en esto los hipercríticos. Aquellos que miran lo que hacemos con lupa creyéndose ellos los infalibles. Conozco a una persona que siempre que lee algo mío encuentra un punto o una coma de más, con una incultura que desconozco de dónde le viene. Concretamente, en mi último obituario sobre don Emilio Lorenzo, acababa con la frase célebre “que la tierra le sea leve”. El buen “corrector” desconocía hasta la frase y me puso de vuelta y media… ¡Pobre hombre!

En todo esto, la misión de los padres para con sus hijos es la de verdaderos amigos que deben saber encauzar situaciones, comprenderlas y tratar de corregirlas con cariño. Esa es la más sagrada corrección fraterna. Porque una cosa es corregir errores y otra bien distinta es pretender por sistema descalificar al otro. De todo hay por desgracia en este mundo. Los que tienen misión de zapadores, de orgullo, doble lupa y muchas más cosas.

En el Evangelio de la misa de este domingo están claros los pasos de la corrección fraterna (Mt.18,15-20). Los cristianos debemos formar comunidad de hermanos, para lo cual el diálogo y la caridad para con los demás debe ser la línea de actuación. Lo demás está fuera de lugar.

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