Trump y Echenique coinciden

TRUMP descalifica e insulta a los medios, periodistas y propietarios de medios que no le aplauden. Un ejemplo gráfico de esas prácticas lo ofrece en el negocio y en lo personal el magnate Jeff Bezos, propietario de The Washington Post. Algunos ven la larga mano del presidente en pérdida de contratos y hasta en revelaciones que llevaron al divorcio del empresario. Cuando a Trump no le gustan las informaciones, las posiciones editoriales o las opiniones de un medio o de un periodista lo descalifica. Asegura que van a por él y hasta por la «América sana».

Es una vitamina para las libertades que la visión crítica hacia Trump se afiance en la opinión pública de cualquier parte, incluida España. En la posición de Trump se denuncia un peligro para las libertades. El comportamiento no es nuevo, hay quienes van más lejos. El protagonista en este caso pierde las formas, además del fondo. Todo periodista podría contar sus batallas y batallitas frente al poder e incluso frente a quienes se creen en posesión del mismo. También podría hablar de la resistencia, o no, frente a la presión en formas varias, que incluye la aprobación o descalificación por quienes reparten credenciales de profesionalidad, patriotismo o progresía, da igual.

La misma medicina crítica que se dedica a Trump debería aplicarse siempre que ese sarpullido antilibertades, de coacción, aparece en cualquier político. Pero ni a babor ni a estribor, para qué nos vamos a engañar, se da tal práctica. Me incluyo

A Pablo Echenique Robba, portavoz de Unidas Podemos en el Congreso, no le gusta un editorial informativo de Vicente Vallés en Noticias de A-3 sobre la rocambolesca historia de la tarjeta telefónica de una exasesora de Pablo Iglesias. Apunta al periodista como si este fuese un integrante de la oposición parlamentaria. Pablo Echenique mete en el mismo paquete todo lo que no le gusta.

La opinión de Vallés en este caso se formula a partir de datos informativos, diferenciada en forma y tiempo del relato de noticias y no como el popurrí de doctrina e información que penetra ya como norma hasta en los informativos de los medios públicos. En algunas radios y televisiones la mezcolanza doctrinaria-informativa parece norma de estilo. En el caso que nos ocupa, se puede estar de acuerdo o no con el periodista, pero no hay nada que objetar profesional ni, en una sociedad abierta, políticamente. La réplica a un periodista y la descalificación no le corresponde, aunque lo diga Iglesias o el papa de Roma, al portavoz del partido. Quien ocupa el poder no da lecciones en sociedades democráticas en forma de réplicas descalificadoras a las informaciones y opiniones que le disgustan. Vale para Trump, para Echenique o para un concejal de Pixiñas de Abaixo.

Cuando el ejercicio de contrapoder de los medios se descalifica como campaña orquesta por poderes ocultos, tales como las cloacas, o se ofrecen pruebas o se expresa intolerancia ante la crítica y se desprecia el papel de los medios. Las tácticas defensivas, amedrentadoras de quien no está controlado, exige analítica democrática. No es el físico Echenique el que pueda dirigir el laboratorio.

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