El escabel del desconocimiento

En un año tan atípico como el que vivimos, nos hemos encontrado de repente con el tiempo estival. Con el calor del asfalto, ahora unido a las mascarillas y a esa duda que nos depara el ansia de normalidad, nos persigue  la sombra desconfiante de este virus del que parece que tanto sabemos y que, paradójicamente, con tanta despreocupación queremos ignorar. Poco de normal tendrá el veraneo de este 2020, tan irremediablemente nocivo para todo el mundo. El que más y el que menos ya tendríamos nuestro esquema vital resuelto de viajes, encuentros, libros por leer o reuniones a las que acudir. Muy al contrario, vamos haciendo planes dependientes de la incertidumbre laboral o la evolución lejana, que a mí no me toca, de los rebrotes sanitarios.

Y para más vacilación, contamos, sin un minuto de aliento, con eso que llamamos política nacional o internacional, abandonándonos entre aferrarse a la esperanza o, al contrario, al mayor desconsuelo de futuro. Cada cual, de acuerdo a su puzzle ideológico, pondrá el acento en lo que más le convenga, sirviendo de correveidile de transmisión publicitaria al tótem político de turno. Como ocurre con las redes sociales, tan ingenuamente percibidas como gratuitas, los partidos políticos nos ofrecen un catálogo de argumentarios diarios para aleccionar a los forofos de todo aquello que dará seguridad a su retórica personal ante el nicho de amistades, familiares, conocidos y enemigos de cualquier chat.

Decía Tácito, el historiador y político romano, que “todo lo que se ignora tiende a magnificarse”. Y llama la atención que este pensamiento de aquel primer siglo de nuestra era, pudiera ser tan resueltamente activo para nuestro tiempo. Demasiados conflictos nos rodean diariamente para establecer con garantías las certezas sobre todos ellos. Excesiva inmediatez con lo que ocurre para responder con reflexiones eficaces. Mucho más cuando hemos dejado por algún lugar del camino el periodismo que investiga y busca evidencias, para sumirnos en el facilón mercadeo del clickbait y el titular que se quedan en un simple eslogan. Pero como bien dirían los gurús del marketing cotidiano, esto es el mercado. Esa imperecedera ley de la oferta y la demanda que, desgraciadamente, dará socialmente en el clavo.

Volviendo a las Historias de Tácito, en ellas reflexionaba sobre la forma de desenmascarar a las personalidades conductoras de la política y sus móviles para encontrar las causas reales de los acontecimientos. Una advertencia que en nuestro tiempo actual parece enmarañarse con el descrédito constante a la política, despreciando la única baza que tenemos comos sociedad para una buena gobernanza. Demasiados años llevamos ya con la equidistante tibieza con la que igualamos siempre la visión negativa de todos los protagonistas políticos y la excesiva vehemencia para especular sobre todo aquello que pasa. Cada vez se hace más fácil el argumento simplista para oponerse a lo que tenemos o a lo que podríamos tener. El cartel del bueno o el malo sale demasiado barato en esta sociedad que esgrime razones ignorantes para que otros consigan magnificarlas de falsas certezas.

Siguiendo de la mano del político flaviano, podríamos repensar aquello de que «la verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre». Posiblemente las prisas del presente serán siempre la causa para repetir tantos pasados y dejarnos, una vez más, sentaditos en cualquier escabel disimulando la sombra de nuestro propio desconocimiento.

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