Ejemplo nada edificante

El pasado día 16 de enero, en el diario Atlántico, Fernando Ramos publicaba un artículo que pudiera parecer duro pero que es muy realista, habida cuenta los datos irrefutables que aporta sobre la actual figura del rey emérito. Personalmente tengo muy claro que Juan Carlos I desempeñó una misión muy laudable en tiempos de la Transición. Recuerdo también que entonces un general del Ejército estaba en total desacuerdo con esta mi apreciación y me decía: «Ya verás con el tiempo». Bien creo que en este país del «mañana España será republicana», existen, dentro de los adeptos, tres clases de personas: monárquicos de siempre, monárquicos de ocasión y juancarlistas. Estos últimos han hecho posible la adhesión en décadas a la figura del rey propuesto por el anterior jefe del Estado.

Pero las cosas han ido degenerando de tal modo que el daño a la institución entiendo que es irreparable. Actitudes, comportamientos y un cúmulo de sucesos han ido vulnerando incluso las opiniones más favorables. Esta es la realidad. Muy cierto que, una vez jubilado, ya carece del protagonismo anterior. Pero incluso ahora la moderación y el estilo de vida debiera ser ejemplar, siempre mirando hacia su hijo y el daño que le pueden hacer algunas actitudes.

Tengo también muy claro, y hay que decirlo, que el actual monarca está desarrollando su labor de una manera positiva, discreta y eficaz tratando, eso creo, de borrar los posibles nubarrones emanados de la figura actual de su progenitor. E incluso ha marcado distancias con familiares que para nada le favorecían. Esto es positivo y, en justicia, él carece de culpa de todos los dislates de su familia. Habrá de juzgársele por lo que él hace y nunca por los desmanes de quienes le rodean, por mucha sangre que les una. La justicia debe ser para todos y en esto está el monarca.

Pero volviendo a su padre, sorprenden las continuas ligerezas y su estilo de vida actual con dispendios de todo tipo y viajes y compañías tan dispares que nada positivo suman. Por edad, por su clase y desde todos los niveles, estaría llamado a ser discreto, humilde y mantenerse en el anonimato más serio y coherente. Por otra parte, el Estado nunca debiera sufragar gastos propios de cualquier magnate árabe. Está haciendo un alarde nada coherente y mucho menos aceptable para su rango anterior y actual. Llevar una vida como la que nos ofrecen los medios de comunicación sobre su figura escandaliza a unos, desagrada a otros y es desaprobada por la gran mayoría de las personas sensatas.

Su vida de familia camina por estos mismos derroteros y acaso sea la causa y el motivo para tanto dispendio y vida «alegre». Bien podemos imaginar los sufrimientos de décadas de la reina doña Sofía dechado, por otra parte, de discreción y saber estar. Su silencio heroico le reporta méritos de los que carece su egregio y todavía esposo oficialmente. 

Entiendo, por todo ello que es muy lamentable que el rey emérito esté echando por tierra tanto bien como en su día propició y que entonces contó con la aprobación de todos los sectores sociales y politicos. Ha sido un mediador hábil en la politica española e internacional con la que colaboró de manera eficaz durante años y sería muy laudable que supiese aprovechar el prestigio que otrora tuvo para aportar experiencia en diversos foros. Parece que todo esto se ha venido abajo por desgracia.
Con buen criterio bien creo que la decisión de Felipe VI de retirarle la aportación que recibía y además renunciar a la herencia una vez fallecido, honra al rey español y le está haciendo un favor a la imagen de la monarquía que tantos golpes recibió últimamente de su progenitor. Gestos de este tipo prestigian al rey y le otorgan la coherencia tan necesaria y el pueblo, eso creo, lo valorará.

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