Adiós y hasta pronto

Encontrar las palabras justas para despedir con cariño y reconocimiento a los amigos no resulta fácil, porque a uno le invaden sentimientos encontrados, por los momentos compartidos y las cosas aprendidas. Esto es lo que me sucede con el Coronel Manuel Muñoz Mompó, que deja su destino al frente del Aeródromo Militar de Lavacolla para ocuparse de nuevas responsabilidades en Madrid y con el Capitán de Navío, Juan Salanova, director de la Residencia Militar de Estudiantes “Teniente General Barroso” que se jubila.

A pesar de tener carreras distintas, ambos tienen en común una misma vocación, y ahora que dignamente portan canas y el tesoro de los años vividos, muestran un corazón orgulloso y una profunda satisfacción por el deber cumplido. La vida militar que comparten parece algo único y de difícil comparación, ya que son múltiples las experiencias y los desafíos a los que se han enfrentado con momentos cruciales, críticos e inolvidables.

Admiro los valores que les unen: integridad, honestidad, disposición a trabajar con otros, olvidar el significado del pronombre yo, y cambiarlo por el nosotros, su disciplina, espíritu de superación, liderazgo y sacrificio.

No debe ser nada fácil permanecer siempre fiel a esta profesión que es vocación nacida y desarrollada en el ideal de servicio a los demás. Dando sin esperar nada a cambio, incluso cuando sus carreras se acaban o se aproximan a la meta. El tiempo les ha traído alegrías, éxitos, sinsabores y la certeza de que no son los bienes materiales los que hacen al hombre sino sus obras.

Nuestras vidas se alimentan de las lecciones que nos dan personas que como ellos nos inspiran e influyen de manera positiva y de las que adquirimos un gran mundo de recuerdos, un inmenso tesoro de experiencias, y una larga galería de conocimientos. 

El Coronel Mompó continuará en activo, y a pesar de que estoy seguro que todavía tendrá tiempo de conseguir más logros en su nuevo destino, quiero reconocer su contribución decisiva para sostener, operar, transformar, mejorar y administrar la unidad que tenía encomendada. Este oficial que acercó el Ejército del Aire a la sociedad gallega, me enseñó una lección que espero recordar toda mi vida, y es que desde una pequeña base en el noroeste de nuestro país se pueden hacer grandes cosas, porque todo es cuestión de proyecto, liderazgo y trabajo, cuestiones que él ha demostrado sobradamente que no le faltan. ¡Coronel sigue volando alto!

Para el Capitán de Navío Salanova sin embargo, ha llegado el momento, después de cuarenta años, de cerrar su cuaderno de bitácora para iniciar una nueva singladura, quizás la etapa más esperada y temida en la vida de un profesional porque presenta incertidumbres, pero también abre muchas oportunidades, que estoy seguro que este hombre bueno, leal y comprometido no dejará escapar. Desde luego, la Armada pierde un activo único que no podrá sustituir con facilidad.

La despedida de estos dos amigos a los que no olvidaré, contiene también por igual un sentido homenaje y agradecimiento a los hombres y mujeres que conforman nuestras Fuerzas Armadas por su servicio y entrega. Les deseo lo que dice una vieja bendición irlandesa, “que el camino se eleve para encontrarte, que el viento esté siempre a tu espalda. Que el sol brille caliente sobre tu rostro y la lluvia caiga suavemente en tus campos. Y hasta que nos encontremos otra vez, que Dios te sostenga en la palma de su mano”.

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