La sociedad distópica

Decía el político alemán y uno de los padres de Europa, Konrad Adenauer, que “en política lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno”. Y este apotegma se ha convertido en uno de los mantras más utilizados por la nueva diplomacia pública para entender algo de todo lo que nos pasa en estos tiempos tan antitéticos de realidades adversas y poco confortables.

Nuestro desconfinamiento sanitario ha estado acompañado de declaraciones institucionales de todo tipo y con protagonistas de todos los colores. Quienes al principio decían que el trabajo parlamentario estaba secuestrado equivocaron el perdigón en la crítica, porque hemos sufrido tanta saturación de plenos, ruedas de prensa, numerología vírica y articulados legislativos que, a pesar de llegar sólo a la mitad de este fatídico 2020, parece que el letargo en el que hemos tenido que vivir nos pida una deseada y necesaria finalización de esta añada tan poco gratificante.

Sin embargo, esta falta de empatía política entre sensibilidades diferentes nos está regalando un ambiente más cercano a la distopía social y ciudadana, impropia de las etapas difíciles que siempre se han producido en nuestra civilización. La acción desde la prudencia democrática ha sido siempre el referente para unificar la reacción necesaria ante el reto de superar algo tan viejuno como las desgracias mundiales que, invariablemente, han condicionado nuestras rutinas de futuro para dejar su pasado como una parte calamitosa de la historia y de sus cronistas.

Así tenemos el gallinero, bien adobado de explicaciones doctrinales salpimentadas de mentiras mil veces repetidas para ahuecar oportunidades al fanatismo político, siempre basado en la propaganda comunicativa de los nuevos tiempos. Lo sorprendente en esta incesante actualidad será comprobar cómo resolvemos los ciudadanos de a pié este chauvinismo infiltrado con el que hacemos jirones de paroxismo a esta patria de la que tanto alardean algunos. Ya lo decía Huxley en su mundo felíz: 62.400 repeticiones hacen una verdad”.

Nuestro presente, tan dependiente de las realidades que nos rodean, aunque estemos a kilómetros de distancia, va a necesitar de muchas inquietudes colectivas para que individualmente podamos regresar a las utopías más cercanas a nuestras manos. Mientras unos redoblan esfuerzos por entender otra forma de comprender este planeta tan malogrado en nuestras acciones, otros siguen insuflando aires arcaicos de un inmobilismo autoregeneracionista de una simpleza tal, que de tantas veces repetidos en los últimos siglos parecen más cercanos, desgraciadamente, al convencimiento de la mayoría. Sin embargo, ninguna parodia del pasado será suficiente para conseguir soluciones unánimes ni revoluciones partidarias. Nos guste o no, algo de todo esto aprenderemos. Una obligación casi moral por todo lo que ya fueron en otras generaciones y de lo que todavía no se ha escrito para la nuestra. Tal vez tengamos la oportunidad de convencernos con algo más que la mensajería corta y rápida que nos envuelve y ahorrarnos los  62.400 enredos de apostolados activistas. Como decía Huxley, “una mentira con interés puede ser destapada por una verdad aburrida”. Lo negativo de esta espera es la apatía con la que seguimos dilatando nuestra convivencia.

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