Dos años turbulentos

                En el corto plazo de pocas semanas han coincidido tres aniversarios de otros tantos acontecimientos relevantes en la reciente historia política de España.  En primer lugar, los diez años del volantazo que Rodríguez Zapatero se vio forzado a dar a su política económica y social ante el calamitoso estado en que tenía  cuentas públicas. En segundo término, los primeros cien días  del Gobierno de coalición PSOE/Podemos salido de las urnas del 10 de noviembre. Y por último, los dos años de la moción de censura que derrocó a Mariano Rajoy y llevó por primera vez a la  Moncloa al actual presidente del Gobierno

                Si a los tres grandes eventos se les puede buscar algún denominador común, bien podría ser el que en todos ellos la gobernanza socialista o, si se prefiere de la izquierda ha salido malparada debido a una gestión manifiestamente mejorable,  por decirlo en términos que no encrespen. Si acaso, al Gabinete actual le cabe  la disculpa de que casi sin haber tomado asiento  en sus respectivos despachos oficiales la nutrida legión de  vicepresidentes y ministros que lo integran, se encontraron con una pavorosa crisis sanitaria.

Han sido dos años para, en líneas generales, olvidar. Dos años que bien pueden parecer veinte o doscientos por el estado de agitación permanente que ha vivido el país desde entonces y la inestabilidad en que se ha visto sumido desde entonces. Dos años de continuos sobresaltos. Y de escasa eficacia. Por ejemplo: el gran tema a solventar que Sánchez se propuso desde el comienzo, cual fue el de Cataluña, ahí sigue, sin un solo papel sobre la mesa.

Fue aquella una moción de censura más bien destructiva y no constructiva como exige la Constitución, porque de lo que se trató fue no tanto de aupar a Pedro Sánchez cuanto de derribar a Rajoy. De aquella solemne declaración de intenciones con que alcanzó la investidura no ha quedado nada. Cualquier parecido con la realidad de su mandato es pura coincidencia.

Pedro Sánchez vive a salto de mata y está acostumbrado a ello. Vive al día y es capaz de, sin inmutarse  ni importarle le hemeroteca, pactar a dos carrillos e incluso a tres o más si hace falta. Hasta Rufián dice que no todo puede ser a la vez.

Con evidente sorna se ha escrito que lo haría incluso con Vox. Es mentira, se apostillaba a renglón seguido, pero resulta posible. Su versatilidad y amoralidad es tal que firma todo papel que cualquier aspirante a socio o cómplice le pone por delante. Ya tendrá tiempo para desfacer entuertos, si es que se pone a ello. Es hombre de cortos vuelos.

De todas formas, si volvemos a buscar algún denominador común de este cuestionado bienio, señalaría la sistemática marginación y acoso que Sánchez y sus lebreles, o mejor, sus buldogs parlamentarios han sometido al  Partido Popular por  sus supuestas connivencias con los denostados ultras. 

Y ello, en medio de repetidas invocaciones a la mano tendida, la concordia y la rebaja de la crispación política. Con razón se quejaba en alguna ocasión Pablo Casado de que tales conciliadoras invitaciones mal se compadecen con la catarata de improperios y sapos venenosos con que lo obsequian a diario. Cinismo puro

No obstante, poderosos altavoces mediáticos  no le faltarán. El jueves mismo el periódico que pasa por ser más de cabecera repetía el mantra y titulaba en primera página: “Casado y Abascal responden con ataques a la oferta de unidad de Sánchez”. Otros que tal bailan.

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